Nuestra temporalidad

Todos queremos pasar a la posteridad, pero sólo somos importantes o referentes mientras estamos vivos. Una vez dejamos de existir esa referencia se convierte en recuerdos y ese recuerdo no va más allá del interés que algunas personas hayan tenido por nosotros, por cualquier razón: amor, deudas, dependencia, pertinencia… Recordamos siempre a quien nos ha tocado cerca: madre, padre, hermanos, tal vez llegamos hasta abuelos, cuando nos ha tocado convivir por algún tiempo con ellos, algún tío, algún primo, quizás un maestro, un amigo, pero ¿quién recuerda la esposa de su primo o el papá de su mejor amigo? Nuestra memoria selectiva nos recuerda, sólo como flashes, algunas cosas vividas, por las cuales esas personas fueron importantes en nuestras vidas. 

Javier Venegas y su obra. Fotos del artista

El joven fotógrafo colombiano Javier Vanegas presentó una exposición muy interesante en LA Galería y en la reciente feria de Artbo en Bogotá, en la que muestra el sentido de trascendencia que tenemos los mortales, a través de una serie de fotografías tomadas en cementerios en las que resalta el desvaído de las fotos dejadas por los familiares del difunto y el deterioro de sus objetos circundantes – marcos, lápidas o mausoleos-. 

Javier nos explica, que su intención en principio era mostrar la temporalidad del objeto foto y de paso el simbolismo que representa la persona en la fotografía. Pero ese paso del tiempo sobre la fotografía también representa, para nosotros, ese intento vano por permanecer, la huella desvanecida de ese paso por la tierra, de esa vida temporal que tenemos y que compartimos con algunas pocas personas y cuyo recuerdo, una vez se muere, dura lo que dura ese objeto -foto- o a veces menos. Esa es la dura realidad.

El sentido de la trascendencia

La trascendencia, ese estado del recuerdo que algunos buscan dejar marcado a través de cosas materiales como casas o carros o joyas o cuadros, y que otros creen dejar con los objetos que tocaron o que realizaron. Éstos no son más que intentos presuntuosos, pues como dice la canción “cuando te vas, te vas.” 

Para Kant “lo trascendental es todo conocimiento que se ocupa no tanto de los objetos* como del modo de conocerlos”, por tanto los objetos en sí no son trascendentales, sino su sentido vital (aquí el objeto puede ser el mismo hombre), pero a los ojos del homo de hoy esa teoría es contraria a su mundo, porque priman los objetos (cosas) sobre el conocimiento o la sensibilidad. El mundo material domina los sentidos, son la esencia del hombre actual. Los objetos (foto, casa, pintura, reloj, celular, dinero…) son las cosas “que trascienden” a la persona. Poco se menciona su personalidad, su sentido crítico, su sensibilidad, sus virtudes, su relacionamiento social, su visión del mundo, características todas, inmateriales y subjetivas.

 

El acto de trascender solo existe en la imaginación de los que estamos vivos (inmanencia dicen los filósofos), porque desafortunadamente, esta idea está en manos de los que nos sustituyen. Es por eso que el sentido de la vida debería estar más en ser auténticos, en compartir, en disfrutar lo que tenemos y con quien estamos, tomarse las cosas con frescura y como vengan, no “hacerse mala leche”, como dicen los españoles, porque como pregona el cantante Luis Enrique en su tema salsero: “Yo no sé mañana, si estaremos juntos, si se acaba el mundo”; es no creer que lo que hacemos, por más importante que lo consideremos, “pasará a la historia”, solo hagámoslo sin esperar recompensas futuras, que seguramente, si se dan, no las vamos a poder disfrutar. Solo el tiempo dirá si eso que hicimos valió la pena.

La trascendencia y las religiones

Ese sentido de la trascendencia proviene también de las religiones, el cuerpo se destruye, vuelve a ser tierra, como al principio, el alma es la que perdura, la que trasciende: el que ha sido bueno(?) va al cielo, el malo(?) al infierno en cualquiera de sus variedades, según cada religión; y después vendrá el juicio final a donde los primeros desaparecerán definitivamente. Los hindúes como los budistas consideran que hay otra vida y por tanto creen en la reencarnación. Para ellos la vida sigue después de la muerte, en otros cuerpos o de otra manera, hasta encontrar la perfección que da la inmortalidad y la unión con Dios. Por las religiones es que queremos ser trascendentales, y es por eso que enterramos a nuestros muertos con la idea que algún día resuciten. Esta creencia se refleja claramente en los versos de santa Teresa de Jesús:

Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero

 

La importancia de los objetos

En el afán por perdurar en la memoria es que utilizamos objetos como las fotos de familiares muertos para “acordarnos” de ellos cada vez que las vemos. Los álbumes, los retratos colgados en las casas y las fotos colocadas en las lápidas o en los monumentos de familiares enterrados en los cementerios, son muestra de esta creencia, que, por cierto, ya está en desuso. A esto se refiere la obra «Tempus Fugit» del artista Venegas, en la que nos recuerda ese “desvanecimiento” de la memoria, a través de imágenes que nos hablan sobre el paso del tiempo y la desmemoria, en fotos con marcos oxidados y vidrios rotos, en lápidas o mausoleos en franco deterioro, ruinas que demuestran ese “olvido que seremos” (tomando prestada la expresión utilizada por el escritor Héctor Abad Facciolince en el título del libro dedicado a la memoria de su padre asesinado), tomadas en cementerios, particularmente en el Cementerio Central de Bogotá. 

En la actualidad, los enterramientos son cada vez menos y se prefiere la cremación, después de la cual, los negociantes modernos, ofrecen la posibilidad de hacer joyas, jarrones o esculturas (objetos) con sus cenizas. También ahora, esa memoria se guarda en cuentas de Facebook o Instagram en las cuales se hacen comentarios y se suben fotos de momentos compartidos con otros. La búsqueda de la eternidad creemos encontrarla según el medio del momento. Solo falta que esa memoria, que guarda el “gran hermano” (facebook, google), se desaparezca en un apagón o que un hacker decida borrarla.