Alejandro Jodorowski, (Chile, 1929) nos vuelve a recordar algo fundamental para nuestro crecimiento pero que muchos nos negamoa a aceptar, y es que el dolor hace parte de nuestra existencia.

Jodorowski es un creador multidisciplinar: Escritor, actor, cineasta, dibujante, guionista y creador de cómics, interesado además, en el tarot y la meditación Zen. Chileno, nacionalizado francés, acaba de cumplir 90 años pero sigue tan vital y activo como cuando tenía cincuenta.

Solicitado conferencista y guía espiritual y psicológico (psicomago), controversial por sus posiciones radicales y obras provocadoras (El Topo), continúa desarrollando su producción cinematográfica y en los últimos seis años a realizado tres películas, dos de carácter autobiográfico La danza de la realidad” (2013) y “Poesía sin fin” (2016) y tiene lista para estrenar “Psicomagia”, basada en su exitoso libro homónimo, que espera poder estrenar en el próximo Festival de Cannes 2019.

Jodorowski tiene además, una gran sensibilidad y sentido de la solidaridad. Nos regala este relato de la vida real, de origen epistolar*, con una novia de juventud que arrastra una penosa enfermedad y algunos recuerdos familiares, y habla de su activa vida política y amorosa, que hacen más dolorosa su vejez.

En su realista y positiva respuesta, Jodorowski cuestiona los prejuicios y el imaginario con respecto a la edad que tiene la gente, como la inacción, la soledad y el anteponer la enfermedad a la capacidad de pensar y de hacer, pero rescata y propone algo muy importante y que nos va a permitir liberarnos de cargas inútiles para poder tener un mejor estar y disfrute de lo que nos quede de vida: la capacidad de sobreponerse a las pérdidas (“los muertos ya no sufren, tu eres la que sufre inútilmente”). Igual puede decirse del amor o de los amigos.

Creemos pertinente poner este relato a consideración de nuestros lectores, por ser muy conmovedor y por sus observaciones estimulantes y positivas frente a la edad y al sentido de la vida en la edad madura.

La carta

«Agradable sorpresa: Me envía una carta, desde Israel, la señora Ednna Glukman, mi primer amor cuando yo tenía 15 años y ella 14. Dejé de verla en el año 1944.

«Hola, querido amigo,

han pasado ya unos cuantos años. Ahora que por fin he encontrado tu email, te escribo pues no te he olvidado nunca y no como un primer amor, algo mucho más hondo y profundo me une a ti.

Cuando pienso en ti, me recuerdo de mí misma, la Ednna joven, sus sueños, sus esperanzas, su fuerza por ser útil en este mundo de mierda y luchar por algo mejor.

Tú eres parte de esos años llenos de un futuro mejor, de sentirnos «»ser humano»» antes de todo. Y yo, ser humano, mujer feminista y de izquierda, debo decirte que aún creo que sigo siendo yo misma, tal vez muera así.

Hablo de la muerte, no la temo, tal vez la espero…

Tengo 87 (un año menos que tú) y según te veo en videos, estás una maravilla, y tu cabeza como siempre, para envidiarte.

Yo, bueno, creo que lo único que aún funciona bien, es la cabeza (aun con ciertos achaques de la edad), en lo demás, bueno, vivo pensando en mi querido hijo y más aún que el mes de Febrero el 5 fue el día de su nacimiento y el 8 de Febrero su muerte. No trates de decirme nada, un hijo es un hijo y basta.

Estoy bastante imposibilitada, tengo síntomas de Parkinson, o sea falta de equilibrio y otras tonterías, no hay mucho que hacer, solo ejercicios, tratar de caminar (no sola, por evitar caídas graves), queda mucho tiempo libre para pensar y pensar, sobre todo que hice con mi vida… no lo sé exactamente, pero la viví plenamente y con mucho sufrimiento, muchos amores (lo único bueno ) y con mucho dolor….

Mi gran dolor es sentirme sola, física y aún más en mi alma (o como se llame). Lo físico se puede aguantar pues mucho depende de nosotros mismos, pero la soledad del alma… es algo muy diferente y muy complicado.

Seguiré más tarde, me cansé…»

 

La respuesta

«No dudo que Ednna se haya cansado, pues ni siquiera tuvo la fuerza de despedirse de mí.

Le contesté:

«Querida Ednna,

Mucho me alegro que aún te acuerdes de mí. Acabo de cumplir 88 años y tengo la sensación de que recién estoy comenzando.

Me llegan recuerdos de nuestro pasado:, en especial éste: las vacaciones de nuestra escuela mixta donde nosotros dos dormimos fuera del campamento, bajo una higuera (a la mañana siguiente nos esperaba un juicio colectivo con todos los niños sentados en el suelo formando un gran cuadrado y un par de profesores, severos jueces, humillándonos a nosotros dos por ese inmenso pecado de dormir juntos).

Han pasado 72 años, sigo amando el Arte como entonces lo amaba, he vivido y estoy viviendo una vida de creador de Arte, y me siento muy bien. No creo que la vida humana sea tan corta como dicen. Conozco dos Maestros, uno judío, el Rabino Nassi, y uno japonés, Joshu, un gran monje budista Zen. Ambos vivieron 120 años. Nassi demoró esos 120 años en escribir el Talmud en forma de libros, porque los rabinos se lo comunicaban de viva voz y para eso tenían que aprendérselo de memoria. Joshu comenzó a estudiar el Zen a los 60 años, se iluminó a los 80, y antes de morir fundó un centenar de monasterios. También tengo la fotografía de un Yogui hindú que llegó a los 150 años.

La gente con sus prejuicios sobre la edad, acompleja a los «viejos»: pasados los 80 años te consideran un muerto vivo, bueno solo para entregarte al Parkinson, a la soledad, a la inacción, como una momia envuelta por las vendas del recuerdo.

A mí también se me murió un hijo, al que yo adoraba, a los 24 años de una sobredosis. Sufrí 10 años, incapacitado de gozar de la vida. Luego comprendí: todo es para bien. Si algo sucede es porque tenía que suceder. Esa ruptura de mi ego en mil pedazos, como un espejo quebrado, me separó del mundo, pero también de mi narcisismo. Aprendí a amar la vida, la existencia de los otros, del planeta entero, del universo entero, de esa entidad impensable que sostiene al infinito, a la eternidad, a la materia, a la conciencia. Le dí a mi hijo, Teo, un sitio sagrado en mi corazón, pero no dejé que su recuerdo me invadiera, me castrara, me imposibilitara para ayudar a la humanidad, a todos los seres humanos, los pasados, los presentes y los futuros. El amor por Teo se derramó como un torrente de mi corazón hacia el mundo, amor que compartí entre todos los seres, convertidos en mis hijos. Gracias a esto mis diez mil pedazos se fueron uniendo y volví a ser una unidad.

A los 87 años aún te queda mucho por vivir: pon en su sitio a tu hijo, hazle en tu corazón un altar con límites,no dejes que te haga perder más preciosos años de tu vida (LOS MUERTOS NO SUFREN, TÚ ERES LA QUE SUFRE INÚTILMENTE) y sal de tu pretendida vejez, encuentra una actividad creativa, regresa al mundo, que es horrible, horrible, horrible pero que está en contínuo cambio. No puedes cambiar al mundo, pero puedes comenzar a cambiarlo. Y para comenzar a cambiarlo, comienza por cambiarte a ti misma: toma cursos en grupos de danza, comienza a pintar cuadros, aprende a disparar con ametralladora, proponte enseñar a jóvenes y niños lo que sabes, haz una crianza de plantas y de pájaros, qué se yo, haz lo que puedas hacer y ponte en acción. Te quedan muchos años de vida. Aún puedes enamorarte o desarrollar una profunda amistad con otras personas, viaja, canta, fabrica felafels, lucha porque las mujeres tengan derecho a ser rabinos, tíñete las canas, etc, etc, etc.

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Lo más precioso que tienes en este momento es tu vida, no la malgastes en una pena excesiva. ¿Achaques? No es problema, los vas arreglando. Yo estoy en perfectas condiciones pero tengo un implante metálico en la cadera derecha (si no tendría que andar en silla de ruedas), han operado mis dos ojos de las cataratas y luzco una buena cantidad de dientes artificiales.

No experimento la menor gana de morir, me queda muchísimo por hacer. Hace seis meses comencé un nuevo oficio: DIBUJANTE. Como mi esposa Pascale es muy buena pintora le propuse crear un pintor a cuatro manos. Yo hago los dibujos, y ella les da volúmen con los colores. Este pintor a 4 manos se llama «PascAlejandro”… Ya tenemos pedidos de salones de exposiciones en París, Los Ángeles y Londres. También nos han contactado museos…Ya ves, a los 88 años estoy practicando un nuevo oficio.

Deja de quejarte, nada de autocompasión, la vida entera es una guerra positiva y el dolor existe para que tu alma se desarrolle. Sin los dolores de la vida te convertirías en un estúpido parásito, consumiendo sin dar nada.

Un fuerte abrazo:

tu amigo, Alejandro Jodorowsky.»

 

Fuente:

Este texto, que ha venido circulando en redes sociales, fue publicado originalmente por el mismo Jodorowski en su sitio en Facebook, el 17 de marzo de 2017  y lo tituló «agradable sorpresa».

*https://www.facebook.com/alejandrojodorowsky/posts/agradable-sorpresa