El gran periodista Oscar Domínguez Giraldo (1945), fue exaltado con el Premio Nacional de Periodismo en la única categoría en la que no se concursa sino que se merece: «Premio al Mérito Periodístico Guillermo Cano: Vida y obra de un periodista» por sus colegas del CPB, Círculo de Periodistas de Bogotá. En quintopiso.net queremos hacerle un reconocimiento especial a nuestro más querido colaborador.

Como ya deben saber nuestros fieles lectores, Oscar Domínguez G, tiene una larga y productiva trayectoria (aparece al pie de todos sus agradables y memoriosos artículos que publicamos en quintopiso.net), que da fe de su profesionalismo y respetabilidad en el medio, pues ha hecho la carrera completa: desde ‘patinador’, cargaladrillos, reportero, jefe de redacción, corresponsal de la DW de Alemania y Radio Francia, hasta director de medios (Colprensa) y ahora columnista consagrado en el periódico El Tiempo de Bogotá y en El Colombiano de Medellín (también ha sido columnista en La Patria de Manizales y El Espectador de Bogotá). Agradable cronista de nuestro tiempo, de memoria prodigiosa y fino humor. Con semejante hoja de vida, y emulando al mismo Oscar «…quien podría resistirse a darle un premio». Pues se lo han «endosado», y en qué buen estante (al lado de sus trebejos de ajedrez) ha quedado la bella escultura del maestro Rodrigo Arenas Betancur, galardón realizado por el maestro antioqueño, en homenaje al sacrificado director de El Espectador.

Oscar Domínguez Giraldo recibe el Galardón del CPB. Foto: El Espectador

Y como reza en la descripción del premio: «…máximo galardón que otorga el CPB a un periodista que se haya destacado a través de su ejercicio profesional por su ética periodística, credibilidad, rigurosidad en la producción de información, ejemplo para las actuales y futuras generaciones y, principalmente, por ser una buena persona.» Sobre todo por eso. ¡Más que merecido, querido Oscar!

Como seguramente el mismo Domínguez quisiera, qué mejor homenaje que leer uno de sus amenos artículos, por eso publicamos «Réquiem por las cartas». Gracias por escribir.

Quinto Piso

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Réquiem por las cartas

(Con versos para mamá Geno)

El correo electrónico enterró las cartas manuscritas. Los carteros de hoy solo entregan prosaicas cuentas de servicios, áridos extractos bancarios, notificaciones de un juzgado que nos busca por pisotear los códigos.

Los perros se han quedado sin a quién morder. Por debajo de la puerta no se volvió a oír el suave murmullo de la carta que viene de lejos.

Las cartas pasaban por debajo de la puerta que era el buzón de pedal que nos tocó a muchos. La llegada de un visitante de papel de esos provocaba júbilo inmortal en casa. ¿Quién interrumpía la paz doméstica?

ODG

De pronto llegaban cadenas de oración de este tipo: Si en tres días no ha reenviado esa carta siquiera a cien personas en el polo norte, usted se volverá pobre y bobo. Esas notificaciones también murieron.

No ha vuelto a llegar nada que huela a poesía, ternura, amistad, nostalgias. Internet nos depara el bostezo de los buzones, convertidos en olvido puro.

En casa, gracias a una hermana coleccionista de olvidos, conservamos las cartas dibujadas que mi padre le escribía a mamá Geno.

Eran cartas en tinta negra, como los trajes con los que se casaron con otras veinte parejas una fría madrugada. En una de ellas el novio se despedía de su amada con metáforas atrevidas como ésta: “Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro, mi doliente corazón”.

Y como el hombre se perdió “sin motivo y sin razón”, para decirlo en letra de bolero, su estupefacta enamorada lo rescató con un escueto telegrama que felizmente llegó a su destino: “Ausencia no opónese recordarte”. El ausente regresó y entre los dos construirían después una familia de nueve petacones. (Los telegramas llegaban a la oficina del municipio, generalmente en el marco de la plaza de donde un funcionario se las apañaba para hacérselos llegar al destinatario).

También conservo las cartas de mi madre cuando estudiaba para papa en el seminario. Sus cartas empezaban siempre así: “Recordado hijo”, y por ahí se metía.

Un párrafo después me estaba tirando línea: manéjese bien, estudie, no pelee, no juegue tanto fútbol, mérmele a su ajedrez, no se junte con malas compañías, rece al levantarse y al acostarse, encomiéndese a su ángel de la guarda, no olvide confesarse y comulgar, lea, respete a los mayores… (Cuando murió le dediqué un poemilla de media petaca que los no desertores encontrarán más abajo).

Para no perder el olor y el sabor de las cartas conservo en urna triclave las de algunas novias.

El primer amor que tuve me decretó el olvido con un encabezado que me dañó el desayuno de todas mis vidas. Dice con su caligrafía de pianista perfeccionada acariciando nocturnos de Chopin: “Óscar, examigo, ahora simplemente conocido”.

Guardo esa carta de destitución fulminante en el libro “Taquigrafía Gregg simplificada”, de pasta dura, colores rojo y amarillo pollito, en el que nos enviábamos la correspondencia.

Anónimo escribiente novio enamorado

Otra chica que se ponía el perfume Chanel de su hermana – como yo las gafas Ray Ban de mi hermano, para parecer misterioso e interesante ante el hembraje-, me notifica: “Sufrirás, todo el que me hace sufrir, padecerá”.

Y otro amor, para no alardear más, se queja dulcemente porque deserté de su vera para irme a detrás de “esa rubia”. Me envió de regalo un beso en papel estampado con “rouge”, como se le dice al pintalabios en el tango de Óscar Larroca.

Jesús el Nazareno también escribió a mano. Lo hizo una vez en el episodio de la mujer adúltera.

Vendería mi alma a Dios por saber qué escribió. Con la venia de la sala, me permitió imaginar lo que estampó en el suelo: “¿Cómo voy a condenar a esta belleza que me quita el sueño?”.

Elegía por una flor
(Mamá Geno, no soy poeta: perdóname si están malos estos versos…)

¡Cómo te recuerdo, hortensia silenciosa!
Ni una sonrisa me regalaste cuando besé tu mejilla fría.
Comprendí entonces que la muerte es para toda la vida.
Viendo cómo te apagabas, le retiré el saludo al orfebre de estrellas.
Nos reconciliamos (¿¡) cuando te llamó a su izquierda mano.
Fue un guiño coqueto a tu zurdera.
Dios no tiene presa mala. Dirías.
Discreta como un salmo
Te gastaste todo el protagonismo en tu prole.
Amabas la vida. Las arrugas te dañaban la comunión.
No rimaban con tu coquetería de todos los semestres.
Si no podías contemplar los sietecueros
Tampoco tenía gracia continuar en la pasarela.
Disfruta tu sabático eterno.
Desde allí sigue alumbrando nuestro ocaso.
Y celebrando otros amaneceres surgidos de tus entrañas.
En cada flor estarás tú, hortensia.

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*Óscar Domínguez Giraldo, nació en Montebello, Antioquia hace 78 años. Casado, dos hijos, cuatro nietos. Ajedrecista de corazón y periodista por vocación; se considera «bogoteño» por haber vivido la mayor parte de su vida profesional trasegando sus calles. Fue redactor político, jefe de redacción y director de la agencia de noticias Colprensa. También tecleó para La República, El Espacio y la agencia de noticias CIEP. En radio trabajó en los noticieros de Todelar, RCN, Súper y el GRC. Fue corresponsal de la Voz de Alemania-DW y Radio Francia Internacional-RFI. Escribe semanalmente la Columna Desvertebrada para El Colombiano, de Medellín, y cada quince días la  columna Otraparte, en El Tiempo. De estas columnas ya han surgido seis libros …y esperen más.

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