33 años de amor paciente. Ilustración JBCubaque-Quintopiso.net
Amor de cuidadores
La épica historia de amor, paciencia y resistencia que nos trae en esta ocasión nuestro gran colaborador Oscar Domínguez G. es como novela romántica del siglo XVIII. Parece inspirada en «El amor en los tiempos del cólera” de nuestro nobel García Márquez; pero no, es una historia real que sucedió en Montebello, el mismo pueblo de Antioquia donde nació nuestro cronista.
Pero ésta no es solo una historia de amor que desafía el tiempo -que a diferencia del de la novela de Gabo, sí era correspondido-, son también dos poderosas historias de amor filial y compasión. Porque además de la historia con final feliz de Ligia y Willtheman -así se llaman los pacientes amantes-, está la historia de dos amorosos cuidadores que pospusieron su propia felicidad durante más de 30 años (incluso con el riesgo de no tener descendencia), por cuidar a sus padres, condición sin la cual no podía haber matrimonio.
«Ésta es la historia de dos amorosos cuidadores que pospusieron su propia felicidad durante más de 30 años (incluso con el riesgo de no tener descendencia), por cuidar a sus padres, condición sin la cual no podía haber matrimonio.«
Y esta condición, puesta por la novia, solo fue rota gracias a la anuencia de la nonagenaria madre de Ligia, única sobreviviente de los padres de los enamorados cuidadores, quien -suponemos- no se podía ir de este mundo sin ver a su hija desposada y feliz. Amor y caprichos.
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Matrimonio después de 33 años de noviazgo: Cuando el amor sabe esperar
Por Oscar Domínguez G.
Cuando ella lo vio caminar por el campus de la Universidad de Medellín les notificó a sus compañeras: “Ese muchacho es para mí”. La profecía se cumplió. Después de un noviazgo de 33 años, los colegas se hicieron leer la epístola de Pablo. El estudiante le propuso casorio varias veces, pero escrito estaba que el noviazgo sería eterno mientras estuvieran vivos los progenitores. En la iglesia de santa Gema, a la novia Ligia Escobar Saldarriaga, su cuasi nonagenaria madre la llevó al altar. Al sin tocayo Willtheman Cuervo lo entregaron sus ocho sobrinas, todas bellas. Montebello, terruño del novio, no es tierra fértil para las feas.
Nada de acartonada marcha nupcial: en su lugar se oyó “El amor de mi vida”, de Camilo Sesto. En los cinco minutos y seis segundos que dura la melodía está interpretado su romance. Generalmente, los párrocos prohíben la música profana en entierros y matrimonios. Lo consideran un exabrupto. Casi exigen pedir dispensa a Roma.
No fue el caso del cura que los casó, John Freddy Castrillón, quien por la vía de ese siquiatra vertical llamado confesionario conoce los lapsus veniales y mortales de la pareja, católicos de amarrar en el dedo gordo. En el corto trayecto hasta el altar, la novia acabó con las existencias de kleenex.
Hace dos años se habían casado por lo civil. ¿Por qué duró el noviazgo la edad de Cristo? Porque ambos tenían alborotados los complejos de Edipo y Electra: Dedicaron sus vidas a cuidar de sus ancianos padres. Cuando sólo quedó doña Ligia Saldarriaga, le pusieron fecha al “mártirmonio”: el día del aniversario del nacimiento del padre de ella.
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Doña Ligia tomó la iniciativa y le notificó a su hija que había llegado la hora de casarse o abrasarse, como dice san Pablo. De su madre política comenta el cuasieterno novio: “No se empieza ni se termina con ella. ¡Qué suegra, qué señora!”. La chiva del insólito amor que no tuvo hijos la dio en primera página el periódico “Neblinas de mi pueblo” (foto). La crónica dice que “Montebello reconoce esa unión como símbolo de perseverancia, fidelidad y amor verdadero; un amor que floreció en el momento oportuno”. La publicación que dirige Jairo López ganó en 2024 el premio de periodismo “Manuel del Socorro Rodríguez” que otorga el Club de la Prensa de Medellín. Will es uno de sus principales colaboradores, amén de relacionista estrella del municipio. Está invitando a las fiestas de san Isidro Labrador el 16 de noviembre. Ay del invitado que no vaya a gozar. Y a gastar.
Le pregunté cómo había durado tanto su idilio. Retrechero, soltó la receta: “Haga caso, siga haciendo caso, dele siempre la razón.” Yo le di mi consejo estrella: ni dormido pronuncie nombres de mujeres distintos al de Ligia…
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*Óscar Domínguez Giraldo, nació en Montebello, Antioquia en 1945. Casado, dos hijos, cuatro nietos. Ajedrecista de corazón y periodista por vocación; se considera «bogoteño» por haber vivido la mayor parte de su vida profesional trasegando sus calles. Fue redactor político, jefe de redacción y director de la Agencia de noticias Colprensa. También tecleó para La República, El Espacio y la agencia de noticias CIEP. En radio trabajó en los noticieros de Todelar, RCN, Súper y el GRC. Fue corresponsal de la Voz de Alemania-DW y Radio Francia Internacional-RFI. Escribe semanalmente la Columna Desvertebrada para El Colombiano, de Medellín, y cada quince días la columna Otraparte, en El Tiempo. De estas columnas ya han surgido seis libros …y esperen más. Fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo CPB 2024 por su vida y obra.
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