Escuchar para entender. Ilustración JBCubaque-Quintopiso.net
Saber escuchar es la mejor cualidad para entender y debatir
A propósito de la etapa democrática que estamos viviendo y de la polarización política que vive el país, traemos este tema de reflexión que resulta fundamental para que la conversación y el diálogo verdadero (hablar y escuchar) tenga sentido y se puedan exponer las ideas en un ambiente propicio para debatir y discutir, escuchando y entendiendo cabalmente las ideas, los planteamientos y las razones del otro; y, aún sin estar de acuerdo, poder también exponer las nuestras y tener la posibilidad de armonizar las diferencias.
Sin embargo, en las redes sociales no suele presentarse este modelo, porque el algoritmo propicia la discusión y el enfrentamiento más que el debate; los likes antes que los argumentos. Además, el anonimato envalentona para expresar reacciones primarias y viscerales que encienden pasiones pero no aportan razones.
La mayoría de los malentendidos (particularmente en las discusiones políticas o dogmáticas) provienen de la falta de atención a las ideas que exponen los otros. Cuando somos tan radicales con nuestras ideas y/o creencias, dejamos de ver y escuchar otras opiniones (enceguecemos, ensordecemos) con el convencimiento de que no existe ninguna razón para pensar diferente; dejamos de oír argumentos válidos y sustentados (incluso más que los nuestros), talvez por temor a escuchar algo que nos haga tener dudas o cambiar de opinión.
«Necesitamos tener un ambiente más sano para discutir y presentar nuestras ideas, sin ser juzgados de antemano y, sin ser escuchados y entendidos a cabalidad. Cuando esto se logra, las discusiones bajan de tono y podemos debatir con el otro, así no estemos de acuerdo. Sin embargo, en redes esto no es tan fácil. Estamos tan centrados en el yo que, en muchas ocasiones, el otro no tiene lugar o lo tiene pero para el insulto.«

Sucede también con los discursos de políticos, que según sean afines a nuestra línea ideológica o no, aplaudimos o censuramos, sin apenas escucharlos. Como dice la investigadora Ana Kells de IE University «Tendemos a escuchar para responder en lugar de para comprender.»
Debatir no implica gritos ni agresiones; tener ideas (creencias, pasiones, gustos) contrarias no nos hace enemigos: ser hincha de un equipo de futbol, ser católico o agnóstico, tener ideas de izquierda o de derecha, no me convierten en demonio o santo: solo pensamos diferente. El debate debe hacerse con ideas sustentadas no con insultos o suposiciones. No queremos imposiciones sino argumentaciones, en esto se basa la democracia.
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Porqué saber escuchar es la habilidad democrática más importante de la era digital
Por Sara Kells*
En una conversación típica de hoy en día, no es difícil darse cuenta de cuándo alguien ha dejado de escuchar. Su atención se desvía, su respuesta llega demasiado rápido o su mirada se dirige hacia alguna pantalla. La conversación continúa, pero ya se ha perdido algo esencial. Hablamos más que nunca a través de plataformas, dispositivos y espacios digitales, pero ¿nos estamos escuchando realmente unos a otros?
El debate público actual tiende a centrarse en el discurso. Las cuestiones sobre quién puede hablar, qué debe regularse y si la libertad de expresión está amenazada dominan las discusiones sobre la vida digital. Se trata, sin duda, de preocupaciones importantes, pero se basan en una suposición que rara vez examinamos: que ser escuchado es una consecuencia natural de hablar.
El valor para hablar con sinceridad
Los antiguos atenienses entendían que el discurso democrático requería dos cosas en igual medida: el derecho a hablar y el valor para hablar con sinceridad.
Pero ambos ideales dependen de la presencia de algo que los atenienses rara vez discutían explícitamente, porque en el ágora simplemente se daba por sentado: una audiencia dispuesta a recibir genuinamente lo que se decía.
Hablar y escuchar no son preocupaciones rivales. Son dos caras de la misma práctica cívica, y no se puede defender una sin prestar atención a la otra. Hoy en día, hemos invertido una enorme energía en proteger y ampliar el derecho a hablar. Sin embargo, hemos prestado mucha menos atención a lo que ocurre en el lado receptor.
Las plataformas que ahora albergan la mayor parte de nuestra conversación pública no se diseñaron pensando en la escucha. Se diseñaron para la participación, que es algo muy diferente.
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«La participación, tal y como la miden las principales plataformas de redes sociales, significa clics compartidos, reacciones y tiempo dedicado. El contenido que despierta emociones fuertes –especialmente la indignación, la ira y la alarma moral– suele obtener buenos resultados según estas métricas. El contenido que invita a una reflexión cuidadosa, en cambio, no suele hacerlo.»
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Escuchamos para responder en lugar de para comprender
Escuchar no es una actividad pasiva. No es simplemente la ausencia de hablar, ni equivale a oír palabras a medida que pasan. Escuchar bien es comprometerse con lo que dice otra persona como algo significativo, algo que puede entenderse, interpretarse y responderse en sus propios términos.
Los filósofos llaman a esto “asimilación”: la disposición a recibir con precisión lo que alguien ha dicho antes de reaccionar ante ello. En la práctica, esto significa interiorizar un argumento el tiempo suficiente para comprenderlo genuinamente, en lugar de responder a una versión simplificada o distorsionada del mismo. Significa distinguir lo que una persona realmente ha afirmado de lo que hemos supuesto que quería decir. Significa tratar a la persona que habla como un participante en un intercambio compartido, no como un obstáculo que hay que superar.
Esto es más difícil de lo que parece. Tendemos a escuchar para responder en lugar de para comprender. Buscamos el momento en que podamos rebatir, el punto débil del argumento, la oportunidad para exponer nuestro propio punto de vista. Esto no es escuchar. Es esperar.

La distinción es de enorme importancia en la vida democrática. Cuando los ciudadanos se enfrentan a caricaturas de opiniones contrarias en lugar de a las opiniones mismas, el debate público pierde su capacidad de producir algo más que ruido. El desacuerdo se convierte en una actuación. La discusión se convierte en teatro. Y la posibilidad de una persuasión genuina, de cambiar realmente de opinión a la luz de lo que otra persona ha dicho, desaparece silenciosamente.
Los entornos digitales dificultan la escucha
Las plataformas que ahora albergan la mayor parte de nuestra conversación pública no se diseñaron pensando en la escucha. Se diseñaron para la participación, que es algo muy diferente.
La participación, tal y como la miden las principales plataformas de redes sociales, significa clics compartidos, reacciones y tiempo dedicado. El contenido que despierta emociones fuertes –especialmente la indignación, la ira y la alarma moral– suele obtener buenos resultados según estas métricas. El contenido que invita a una reflexión cuidadosa, en cambio, no suele hacerlo.
El resultado es un entorno informativo que recompensa sistemáticamente el tipo de comunicación menos propicio para la escucha genuina: rápida, declarativa, cargada de emoción y diseñada para provocar una reacción en lugar de suscitar una respuesta.
«Las consecuencias para la vida democrática son graves. Una esfera pública en la que la gente habla constantemente pero rara vez se siente realmente escuchada no es saludable. Es una esfera en la que se acumula la frustración, se endurecen las posiciones y cada vez resulta más difícil encontrar el terreno común necesario para la toma de decisiones colectiva. No se trata simplemente de un problema tecnológico. Es un problema cívico. Y exige una respuesta cívica.»
Sara kells
A esto se suma la forma en que los algoritmos nos presentan el contenido. Rara vez nos encontramos con argumentos en su forma completa, formulados por las personas que los sostienen, en el contexto en el que se presentaron. En cambio, solemos encontrarnos con fragmentos, capturas de pantalla, resúmenes y paráfrasis, a menudo seleccionados precisamente porque son fáciles de descartar o ridiculizar. En otras palabras, se nos está entrenando para interactuar con caricaturas. Y las caricaturas no requieren escucha. Solo requieren una reacción.
Las consecuencias para la vida democrática son graves. Una esfera pública en la que la gente habla constantemente pero rara vez se siente realmente escuchada no es saludable. Es una esfera en la que se acumula la frustración, se endurecen las posiciones y cada vez resulta más difícil encontrar el terreno común necesario para la toma de decisiones colectiva. No se trata simplemente de un problema tecnológico. Es un problema cívico. Y exige una respuesta cívica.
Cómo enseñar (y practicar) la escucha
La buena noticia es que la escucha, a diferencia del diseño algorítmico, es algo sobre lo que podemos influir directamente. Es una habilidad, y las habilidades se pueden enseñar.
En el ámbito educativo, esto significa crear espacios donde los estudiantes practiquen la comprensión de forma deliberada. Los profesores pueden, por ejemplo, organizar debates en los que se pida a los estudiantes que reformulen el argumento de un compañero hasta que éste quede satisfecho antes de ofrecer una crítica. Esta práctica crea un entorno en el que la participación equitativa es una expectativa estructural más que una idea de último momento, y donde el desacuerdo se trata como una oportunidad para comprender en lugar de para ganar.
La misma lógica se aplica más allá del debate en vivo. Se puede pedir a los estudiantes que escuchen un pódcast, vean un vídeo o lean un artículo con una tarea en mente: ¿puedes explicar su argumento de forma imparcial antes de decidir si estás de acuerdo con él?
No se trata simplemente de ejercicios de clase: son ensayos para la vida democrática.
Estos hábitos también se pueden cultivar fuera de la educación formal. Antes de responder a algo que nos provoque, hagamos una pausa lo suficientemente larga como para preguntarnos si hemos entendido el argumento real. Antes de criticar una postura, reformulémosla en términos que su defensor reconocería. Separemos lo que una persona ha dicho de nuestras suposiciones sobre por qué lo ha dicho. Se trata de pequeños ajustes, pero si se practican de forma constante, cambian la calidad del intercambio.
Una democracia que únicamente enseña a la gente a hablar libremente solo ha hecho la mitad del trabajo. En la antigua Grecia, el ágora no era un escenario: era un lugar de intercambio. Recuperar ese espíritu, en las conversaciones y en los espacios digitales que ahora habitamos juntos, comienza con la habilidad más silenciosa y exigente: aprender a escuchar de verdad.
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Sara Kells, Sara es profesora adjunta en la Facultad de Humanidades de IE University y actualmente está finalizando su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, donde investiga la educación cívica y las competencias necesarias para desenvolverse en un contexto de constante cambio social y tecnológico. Es directora de Operaciones y Gestión de Programas en IE Digital Learning, donde supervisa los programas en línea y colabora estrechamente con instituciones y organizaciones en la evolución de los modelos de aprendizaje digital y permanente.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
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