Algoritmo Gastronómico
Platos ‘instagramables’ Vs Comida tradicional
Los nuevos «influencers» están haciendo cambiar los hábitos alimentarios -particularmente a los más jóvenes-, y haciendo olvidar los platos tradicionales que han sido la base de nuestra alimentación y que sabemos con certeza que son naturales, nutritivos, e inclusive más económicos.
La sopa de colí, el pepino relleno, el bagre en salsa, la sopa de mute, la sobrebarriga con papas choreadas, el cocido boyacense, el arroz atollao o la pepitoria santandereana, han sido parte de nuestra dieta, tienen nutrientes en calidad y cantidad comprobadas, y alimentan mejor que muchos de los platos «bonitos» y procesados que nos muestran por las redes sociales. Pero no son platos «instagramables». Y de hecho, ya son difíciles de conseguir en restaurantes convencionales.



Este problema de la calidad de la alimentación, que está exacerbada por los malos hábitos (comer frente a pantallas, comer a horas no programadas -no desayunar, comer tarde– o comer mientras se trabaja, con estrés y sin conciencia de lo que se come, y cómo se come, entre otros), y sesgada por las redes, afecta de manera importante la salud, y se ve reflejada en una mayor precariedad alimentaria y en la consiguiente aparición temprana de enfermedades evitables como la obesidad y la diabetes. Pero además, tiene que ver con la estandarización alimentaria y otra muy preocupante: con la desaparición de la rica y variada gastronomía tradicional. Así lo resume la profesora Alejandra del Carmen Meza en su artículo para The Conversation: «Prorizamos la comida por su paleta de color y no por sus nutrientes.» Comida de pantalla
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El “caramel mocha” desplaza al café de olla: cuando el algoritmo gastronómico devora al patrimonio alimentario



Alejandra del Carmen Meza Servín*
¿Cuándo dejamos de elegir la comida por su sabor, su historia o sus nutrientes y empezamos a seleccionarla por su paleta de colores? En la era de TikTok e Instagram, el acto milenario de alimentarse ha sufrido una mutación drástica. Hoy, la comida entra primero por la pantalla, pasa por los ojos y, finalmente, si acaso queda espacio para la autenticidad, llega a la boca.
Este fenómeno ha dado paso a lo que podemos denominar el “algoritmo gastronómico”: una estandarización visual de la dieta globalizada, donde el valor de un plato no reside en su herencia culinaria ni en su arraigo territorial, sino en su capacidad para acumular interacciones en redes sociales. Para la generación Z –los nativos digitales nacidos entre 1997 y 2012–, el consumo de alimentos se ha convertido en un acto de construcción de identidad estética. Sin embargo, detrás de cada café con capas de colores perfectos o de cada bol de ingredientes exóticos se esconde una profunda crisis cultural, agrícola y ambiental.
Secuestro de la atención y hambre visual
El cerebro humano evolucionó para buscar alimentos de manera eficiente mediante la vista. No obstante, la exposición constante a imágenes hiperestilizadas de comida en redes sociales, un fenómeno conocido en la neurociencia cognitiva como hambre visual (visual hambre), ha jaqueado este mecanismo biológico.
Cocineras tradicionales y defensoras de los saberes agrícolas y culinarios,
advierten sobre una pérdida acelerada de ingredientes y recetas ancestrales debido al desinterés de las nuevas generaciones.
Investigaciones sobre el comportamiento del consumidor demuestran que las plataformas digitales estimulan respuestas neuronales y fisiológicas asociadas al apetito incluso en ausencia de hambre física. Los restaurantes diseñados para ser “instagrameables” (con luces de neón, vajillas minimalistas y paredes florales) no venden comida: venden escenarios para la auto representación digital.
Tomando como ejemplo la gastronomía mexicana, los alimentos tradicionales, que tienen tonos pardos o texturas complejas (como un mole negro, un guiso de frijoles de olla o un té de hierbas local), pierden la batalla por la atención frente a la saturación cromática de un polvo de té verde japonés (matcha) o un jarabe industrial de caramelo brillante. El criterio de lo estético o estetizado, que incluye colores pasteles, capas definidas y simetría perfecta, desplaza la imperfección orgánica de la comida real.
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Del té de limón al matcha: la comida más fotogénica arrasa
Este cambio de preferencias tiene un costo identitario devastador, particularmente en países con una vasta riqueza culinaria. En México, cuya cocina tradicional fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, se vive una silenciosa desconexión intergeneracional.
Cocineras tradicionales y defensoras de los saberes agrícolas advierten sobre una pérdida acelerada de ingredientes y recetas ancestrales debido al desinterés de las nuevas generaciones. El traspaso oral de conocimientos, ese aprendizaje familiar donde las abuelas enseñaban a “curar” el café de olla con piloncillo y canela, o a hervir las hojas frescas del té de limón del huerto familiar, está siendo reemplazado por tutoriales de 15 segundos en formato vertical. Estos mensajes virales promueven recetas estandarizadas globalmente, como el “ caramel mocha ” (bebida de café que mezcla espresso, jarabe de chocolate y sirope de caramelo) helado o los “smoothie bowls” de açaí (fruto en forma de baya oscura de origen amazónico).
Al sustituir el té de limón (una planta de fácil cultivo doméstico y local) por el matcha importado, o el chocolate de mesa artesanal por jarabes transnacionales de alta fructosa, no solo se altera el paladar: se rompe la cadena de transmisión cultural que ha sostenido la soberanía alimentaria de comunidades enteras durante siglos.


Mole poblano Vs. Salchipapas
Desconexión con el territorio y el consumo local
El auge de la comida visual ataca directamente los cimientos de movimientos como el slow food (en español, comida lenta), que defiende una alimentación buena, limpia y justa. Este concepto propone la paciencia, el respeto por los ciclos de la naturaleza y el consumo de proximidad (kilómetro cero). En contraste, el algoritmo gastronómico exige inmediatez, novedad constante y uniformidad.
El reemplazo promovido por la lógica del algortimo y la destruye cadenas de producción locales y acentúa el desperdicio de atención de alimentos. Esto debido a que se descartan aquellos insumos que no cumplen con los parámetros fotogénicos del mercado.
Frente a esta homogeneización, las redes y el mundo digital ofrecen también contenidos que transitan en dirección opuesta, ofreciendo soluciones y alternativas que promueven la conciencia alimentaria y el consumo responsable. Es el caso de la miniserie de podcasts “Somos lo que comemos”, creada por Andrés Cota Hiriart y Claudio Martínez en el espacio Masaje Cerebral, donde se ofrece una visión diversa y anclada en la cultura del territorio. Hongos y micófagos, insectos comestibles, el rol central del maíz o la biotransformación de desechos son algunos de los temas abordados en estos programas divulgativos, con destacado nivel de audiencia y difusión en México. A través de voces científicas e investigadores, estas iniciativas nos recuerdan que la reconexión con el origen de lo que comemos no es una utopía, sino un compromiso social sustentado en la evidencia.
La mesa como espacio de resistencia
Para contrarrestar el impacto de las tendencias digitales, resulta fundamental abrazar la cocina del aprovechamiento, revalorizar la belleza rústica del producto local y convertir la sostenibilidad en el verdadero centro de nuestra cultura alimentaria.
Solo cuando volvamos a comer con ojos que, más allá de las pantallas, reconocen la historia, la biodiversidad y el respeto ecológico, el algoritmo dejará de dictar nuestra dieta y la mesa se convertirá en un espacio de resistencia sustentable.
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*Alejandra del Carmen Meza Servín. Profesor asociado, Universidad de Guadalajara. Profesora Investigadora en ciencia de los alimentos, innovación alimentaria y sustentabilidad.
Este artículo fue publicado por The Conversation. Si lo desea, puede leer el original aqui
