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Celebrando a Andrés Caicedo en su cumpleaños: misiva

El pasado 29 de septiembre, Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977) cumpliría 75 años. Keshava Liévano propone una imaginaria conversación intima con el malogrado creador de ¡Que viva la música! En ella revive la historia de una generación y comparte con él, la Bogotá del momento, llevándonos en un recorrido por sus calles, sus lugares de referencia, la actividad musical, teatral, la cultura y la contracultura, pero también la bohemia y sus experiencias intensas,¡Que viva la Música!
Quinto Piso 12/10/2026 10 min de lectura
Andres Caicedo Prtd

Andrés Caicedo. Ilustración JBCubaque-Quintopiso.net

Para Rosario Caicedo

El pasado 29 de septiembre, Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977) cumpliría 75 años. Una vida intensa: llena de cine, de literatura, de salsa… pero que lastimosamente terminó muy pronto, apenas a los 25 años. Autor, entre otros, de «Destinitos Fatales», «Berenice», «El atravesado» y por supuesto «¡Que viva la música!» su obra póstuma y la que después de 50 años, ha convertido a su creador en un autor de culto. Obra en la que, a través de María del Carmen (la Mona), describe a Cali desde su desbordante vida nocturna, y en donde el rock y la salsa (sus pasiones, además del cine), relucen en medio del desenfreno y el desbordado consumo de drogas.

Keshava Liévano fue contemporáneo del caleño, a quien no conoció personalmente sino a través de su obra. Como ‘outsider’ (grafitero, rockero, cocinero, escritor…), propone una imaginaria conversación intima y epistolar con el malogrado creador de ¡Que viva la música! En ella revive la historia de una generación y comparte con él, la Bogotá del momento, llevándonos en un recorrido por sus calles, sus lugares de referencia, la actividad musical, teatral, la cultura y la contracultura, pero también la bohemia y sus experiencias intensas, (algunas rayando en lo ilegal), paralela a la Cali del apasionado escritor. Es un recorrido nostálgico, pero ‘pintado’ y ambientado en una ciudad (‘la nevera’) que intentaba meterse a la modernidad, con unos muchachos ingenuos y rebeldes, que sentían el gusto por la calle y lo que ella traía; que fueron testigos y partícipes de novedades que los sorprendieron pero que los puso a ver el mundo de otra manera, que los hizo dudar y ser más universales, aún habitando en un territorio alejado de los ‘faros del progreso’. Misiva de aniversario

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Carta a Andrés Caicedo en su cumpleaños.

Hay vida en el más acá?

Por Keshava Liévano*

Querido Andrés:

Nacimos en 1951. Vos bajo el signo de Libra y Yo como nativo de Geminis. Tú en Cali, la calurienta y Yo en la nevera bogotana. A veces pienso que esa coincidencia de nacimiento nos convirtió, sin saberlo, en compañeros de una generación que aprendía a ser joven de otra manera.

No nos conocimos. Nuestras ciudades no eran iguales pero ambas estaban cambiando y, en medio de ese cambio, despertaba una nueva manera de ser joven: queríamos escuchar otra música, leer otros libros, mirar otras películas, vestirnos y comportarnos de otra manera, desobedecer los buenos modales y amar libremente. Nos preguntábamos si la vida tenía que ser necesariamente la que habían vivido nuestros padres.

Vos viviste esa transformación en Cali, mientras Yo la veía ocurrir en Bogotá. Y aunque las dos ciudades tenían sus propias músicas y sus propios escenarios, había algo que nos comunicaba: el rock. En Bogotá el rock and Rolo, ala, ya había aparecido desde los años cincuenta y luego durante los sesentas se convirtió en una de las expresiones de la nueva juventud. Los Speakers, Los Flippers, Los Yetis, Los Ampex y otros grupos fueron construyendo una escena propia, mientras Chapinero y el centro se llenaban de discotecas, cafés y lugares de encuentro.

Yo veía aquella Bogotá cambiar alrededor de la calle 60. El Parque de los Hippies todavía no era una postal turística ni un nombre instalado en la memoria oficial de la ciudad. Era un territorio de muchachos de pelo largo y chicas con flores en sus cabellos, músicos, poetas, curiosos y rebeldes y claro está, la sicodelia, la marihuana, los hongos y el amor libre. Allí se discutía, se escuchaba música, se intercambiaban ideas y comenzaba a hacerse visible una contracultura que todavía no sabía muy bien cómo llamarse.

En 1967 ya circulaba por las calles, Olvídate, el periódico rebelde de Manuel Quinto, los poemas de Sibius, asi como el manifiesto Nadaista y el libro rojo de Mao Tse Tsung. Olvídate, era una publicación underground, originada en el Village de New York y vinculada al mundo de la bohemia, que mezclaba poesía, crítica social, literatura y lo que estaba ocurriendo en las calles. Un año después, a esos melenudos que habían empezado a ocupar Chapinero y olían a sándalo y pachulí, ya se les llamaba hippies y mechudos.

Y Bogotá tenía otro ingrediente que quizá te habría interesado mucho: el teatro. La ciudad estaba viviendo una verdadera efervescencia teatral. La Candelaria, la Casa de la Cultura, el Teatro Libre, los grupos experimentales y, desde 1968, La Mama, estaban convirtiendo el teatro en un lugar de discusión sobre la sociedad, la violencia, la exclusión y la vida cotidiana. El escenario dejó de ser solamente un sitio para representar obras: también podía ser un lugar para preguntarse qué país éramos.

Mientras vos encontrabas en Cali y en medio del aroma del mango viche, el cine, el teatro, la rumba y la música como territorios de exploración, nosotros teníamos aquí nuestros propios refugios. Cafés, Discotecas, Cineclubes, Conciertos. Teatros. La calle. Y una ciudad fría que, paradójicamente, comenzaba a calentarse con una juventud que ya no quería quedarse quieta.

La banda sonora en Bogotá era la música protesta, y el rock marcaba la parada. Los jóvenes se reunían, intercambiaban discos, afiches, hablaban de política, literatura, cine y música.

En Cali, mientras tanto, estaba ocurriendo algo que Bogotá no podía reproducir de la misma manera. El Pacífico. Buenaventura. Las músicas afrocaribeñas que llegaban por el puerto. La pachanga, el boogaloo, el guaguancó, el son y luego esa palabra que terminaría convirtiéndose en identidad: salsa.

Por eso me parece tan importante que tu historia musical no pueda reducirse al rock. Tú escuchabas a los Rolling Stones, pero también escuchabas a Richie Ray y Bobby Cruz. Escuchabas la electricidad del rock y el golpe de la salsa. Y en ¡Que viva la música! esa mezcla terminó convirtiéndose en literatura. Quizá ahí estaba una de las grandes diferencias entre nuestras dos ciudades.

«El Parque de los Hippies todavía no era una postal turística ni un nombre instalado en la memoria oficial de la ciudad. Era un territorio de muchachos de pelo largo y chicas con flores en sus cabellos, músicos, poetas, curiosos y rebeldes y claro está, la sicodelia, la marihuana, los hongos y el amor libre. Allí se discutía, se escuchaba música, se intercambiaban ideas y comenzaba a hacerse visible una contracultura que todavía no sabía muy bien cómo llamarse.«

Keshava Lievano

Bogotá miraba mucho hacia afuera: Londres, Nueva York, San Francisco. Cali también miraba hacia afuera, pero recibía el Caribe y el Pacífico por Buenaventura y los transformaba en algo propio. Dos ciudades distintas, dos maneras de rebelarse, una misma generación.

Y nosotros todavía no sabíamos que esa generación estaba a punto de convertirse en una leyenda. Porque entonces apareció la muerte. Brian Jones murió en 1969. Jimi Hendrix y Janis Joplin en 1970. Jim Morrison en 1971. Todos tenían 27 años.

Para nosotros, muchachos que estábamos creciendo en aquellos mismos años, esas muertes no podían ser simplemente noticias internacionales. Eran golpes que llegaban desde lejos y entraban directamente en nuestras habitaciones, en nuestros discos, en nuestras conversaciones. La música que representaba la libertad también podía terminar en muerte.

Y vos Andrés, parecías sentir esa contradicción con una intensidad especial. Cuando escribiste sobre Janis, entendiste que detrás de la leyenda había un riesgo real. Aquella frase tuya sigue dando vueltas: “Cada quien sabía las ventajas y los riesgos” y que podía llegar el momento en que no hubiera nadie para tenderle a uno la mano.

Tú conocías ese mundo desde adentro. La marihuana. El LSD. La búsqueda de otra conciencia. La noche y la música. La sensación de que quizá existía otro mundo detrás de este. Un más allá más acá.

En Bogotá también comenzaban a circular esas experiencias. El hippismo trajo consigo no solamente el pelo largo, las flores y el rock, sino también el Nadaismo, el Boom Latinoamericano, la literatura oriental, el yoga, la marihuana, las pepas, LSD, los buenos y los malos viajes. Para algunos jóvenes, aquello era una moda; para otros, una búsqueda espiritual y cultural mucho más profunda.

Y allí vuelvo a pensar en nosotros. Dos ciudades. Dos muchachos nacidos en 1951. Dos formas de entrar en una época que parecía abrirse como una puerta. Vos desde Cali. Yo desde Bogotá. Tú entre el cine, el teatro, los Stones, Richie Ray, la rumba caleña, la marihuana, el LSD y la literatura. Yo viendo entre la música y el teatro cómo Bogotá se llenaba de melenudos, rockeros, teatreros, cineclubistas, nadaístas, hippies y muchachos que comenzaban a buscar en Oriente respuestas que Occidente no les estaba dando.

El mundo parecía estar cambiando delante de nuestros ojos. Mayo del 68 y la minifalda, Woodstock y Vietnam. La Liberación femenina.

Pero tenías una diferencia fundamental conmigo, vos empezaste a mirar la juventud como si tuviera fecha de vencimiento. Los 25. Quizá esa fue tu verdadera obsesión. No llegar a viejo. No permitir que la vida convirtiera al muchacho rebelde en un adulto domesticado. No sobrevivir a la juventud para terminar convertido en aquello contra lo que habías escrito.

Hendrix, Janis, y Morrison partieron a los 27. Vos no quisiste esperar. El 4 de marzo de 1977 recibiste los primeros ejemplares de ¡Que viva la música!. Ese mismo día te suicidaste. Tenías 25 años. Yo también, pero con el Yoga morí para nacer de nuevo.

Y esa diferencia, que entonces no podíamos imaginar, es la que hoy me permite escribirte. Han pasado casi cincuenta años. Y todavía seguimos viviendo las consecuencias de aquella época.

La música y la manera de escucharla cambiaron, como el cine y la ciudad. Bogotá ya no es aquella de los sesenta y Cali tampoco la que recorrías y te rumbeabas. Pero hay algo que permanece.

Todavía hay jóvenes que sienten que el mundo no les pertenece y que buscan una salida. Todavía hay música para rebelarse, y muchachos que necesitan inventarse una identidad porque la que les ofrece la sociedad les queda estrecha.

Y también hay algo que cambió de manera profunda. Nosotros tuvimos que esperar los discos, buscar las películas, encontrarnos físicamente, recorrer la ciudad para encontrar a otros como nosotros. Los jóvenes de hoy viven conectados permanentemente. Tienen el mundo entero en una pantalla. Pero quizá por eso mismo tienen otro problema: nunca están solos y, sin embargo, muchos se sienten profundamente solos.

Me pregunto qué pensarías de eso. Qué pensarías de una época en la que una canción puede cruzar el planeta en segundos, pero en la que todavía hay jóvenes que no encuentran a quién contarle que están pensando en desaparecer. Porque esa es la parte de tu historia que más me importa hoy. No la leyenda del joven escritor que murió a los 25. No el mito de la droga, ni el santoral del rock. Sino el muchacho que quizá no encontró una manera de imaginarse viviendo después de la juventud.

Con los años he aprendido que sobrevivir también puede ser una forma de rebeldía. Llegar a viejo no significa necesariamente traicionar al joven que fuimos. A veces significa darle tiempo para entenderse. Y quizá esa sea la conversación que nunca pudimos tener. Vos convertiste la juventud en incendio. Yo creo ahora que el desafío es otro: mantener el fuego sin convertirnos en ceniza. Porque la vida siguió, Andrés.

Siguieron Cali y Bogotá, la salsa y el rock. Siguieron el cine y el teatro. Siguieron las luchas. Y seguimos nosotros, los muchachos de 1951, la Vieja Guardia de la primera línea, que tuvimos la extraña fortuna de llegar hasta aquí.

Bueno, algunos. Yo sigo aquí. Tú quedaste allá, en ese marzo de 1977, con 25 años para siempre. Quizá por eso te escribo hoy. Porque ahora puedo mirar hacia atrás y entender que aquella juventud no era solamente nuestra.

Era el comienzo de algo que todavía no termina.

Y porque después de tantos años sigo pensando que una generación no se mide solamente por los que murieron jóvenes. También por quienes tuvieron el coraje de quedarse.

Seguí cumpliendo oís?

Feliz Edad Es

Atte

Tu compañero de cosecha y de época, Nacimos para sufrir y lo estamos logrando.

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*Keshava Lìévano Escritor, pedagogo y realizador de Radio y Video, fotógrafo y productor de contenidos. Ha ejercido como periodista cultural y actualmente se dedica a la Cocina y la Escreatura.

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