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  • Luis Vidales, el Vecino. Cien años de «Suenan timbres»

Luis Vidales, el Vecino. Cien años de «Suenan timbres»

Se cumplen 100 años de la publicación de "Suenan Timbres" (Bogotá, 1926), el poemario vanguardista y transgresor de Luis Vidales que revolucionó la forma de ver y hacer poesía en Colombia. Exaltado por sus contemporáneos León de Greiff y Porfirio Barba Jacob y alabado por Borges y Vicente Huidobro, Vidales renueva la poesía del siglo XX. Keshava Liévano, desde una mirada más personal, vuelve sobre el gran poeta de la modernidad. Suenan Timbres centenarios
Quinto Piso 07/05/2026 7 min de lectura
Luis vidales 4bis (1)

Cien años de «Suenan timbres

Se cumplen 100 años de la publicación de «Suenan Timbres» (Bogotá, 1926), el poemario vanguardista y transgresor de Luis Vidales (Calarcá, 1904 – Bogotá, 1990) que revolucionó la forma de ver y hacer poesía. En “Suenan Timbres”, Vidales rompe con el lirismo romántico y patriótico del siglo XIX y le da un nuevo aire a la poesía al poner como sujetos de inspiración a la cambiante ciudad, a sus habitantes y a los objetos cotidianos de su entorno, y “eleva el teléfono, (el hueco, el ruido, los edificios) o el microscopio a un nuevo estatus de contemplación estética.” (Banrep Cultural.org). Así mismo, la poesía de Vidales abre una brecha y convierte sus poemas en pequeñas historias (microrrelatos) de ciudad y los vuelve, además, terrenales y callejeros.

SUPER-CIENCIA

Por medio de los microscopios
los microbios observan a los sabios.

Exaltado por sus contemporáneos León de Greiff y Porfirio Barba Jacob y alabado por los ya reconocidos J.L. Borges y Vicente Huidobro, Vidales renueva la poesía del siglo XX.

“He aquí otra fuente de mi inspiración: la calle. No sé qué pasaría si la gente supiera todo cuánto le debo; cuánto la plagio. ¡Cuántas veces un poema se hace en mí por un rasgo, una chispa de algo que oigo pasar! Es esto una influencia rotunda en mi poesía. Alguna vez dije que no hay espectáculo igual, ni más barato, sin boleto de entrada, que éste que nos proporciona el actor humano en su trasiego habitual. En este teatro tengo butaca de abono desde que nací y no pienso abandonarla sino cuando me cambie a domicilio definitivo.”

Luis Vidales
Portada de la primera edición de Suenan Timbres

“Suenan Timbres” refleja la ciudad «como un caleidoscopio y una yuxtaposición de concepciones y sucesos; los impactos del enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo; la conciencia de lo heterogéneo social, los abismos en las diferencias de clase. Con una gran antena de recepción, Vidales fue el primer poeta colombiano del siglo veinte que captó dichas sensibilidades de época y las transformaciones que se estaban operando.” (“La ciudad en ‘Suenan Timbres’ de Luis Vidales.” Carlos Fajardo, La Palabra, U. Valle, 2026).

En su artículo de hoy, nuestro colaborador Keshava Liévano, desde una mirada más personal, vuelve sobre el gran poeta de la modernidad.

Quintopiso.net

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…………………………………………………………….

Luis Vidales, el Vecino

Por Keshava Liévano

Luis Vidales, mi vecino

A mi padre, gran librero, cantante de boleros y aprendiz de poeta, le escuché alguna vez recitar versos de León de Greiff y algunos de Rafael Pombo. Otro día, cuando ya mi viejo lo había entregado todo y se había pensionado, le pregunté por sus poetas más recordados y me habló de Alberto Angel Montoya, poeta cachaco de finales de siglo, experto en retruécanos y juegos de palabras, y luego mencionó una obra que pasó por sus manos y siempre quiso volver a leer: “Suenan Timbres” de Luis Vidales. Estas fueron mis primeras referencias, las que me abrieron las puertas a la poesía colombiana. Muchos años después, cuando yo empezaba como rayador de muros y grafitero, escribiendo mis primeras letras para niños, me fui a vivir al barrio Armenia, enclave de artistas y bohemios, de poetas y guerrilleros —valga la redundancia—. Allí conocí a Luis Vidales, mi vecino, a una puerta de distancia. Nos hicimos amigos. Recuerdo largas noches de conversación: él, en bata, con un cigarro, sentado en su cama, hablando de José Martí y La Edad de Oro, de la grandeza de Nicolás Guillén, de Rafael Pombo, de educación y de revolución, con una mezcla de ironía y lucidez que nunca levantaba la voz, pero siempre dejaba huella.

Este hombre cercano, afable y provisto de un gran humor, era el mismo que décadas atrás había sacudido la poesía colombiana. Nacido en Calarcá en 1904, llegó joven a Bogotá y se instaló primero en el barrio La Favorita, hermoso vividero, en un segundo piso de un edificio en la carrera 16 con calle 18, a la vuelta de la sede de Voz Proletaria. En ese vecindario convertido hoy en negocios de piezas de motocicletas, y en inquilinatos y paga diarios de venezolanos, Luis Vidales escribió «Suenan timbres»(1926), un libro que interrumpió la tradición modernista heredada de Guillermo Valencia. Introdujo con esta obra, la ciudad —oficinas, relojes, tranvías, vitrinas— y, sobre todo, el humor como método. El poema dejó de ser altar y se volvió puerta:

Suenan timbres.

Es la vida que pasa

tocando a la puerta.

«Vidales entendió que la modernidad no solo producía fábricas sino también angustias nuevas. Su ironía no es ligera: es una forma de lucidez. El humor en él no suaviza la crítica; la afila. Se ríe del ciudadano, del sistema, del poeta solemne… y de sí mismo.«

Keshava Liévano

Luego vendría su vida en el barrio Las Nieves, donde la experiencia urbana se volvió más áspera, más burocrática, más reveladora. De allí surgió “Poemas del abominable hombre del barrio Las Nieves” (1985), donde el monstruo ya no es criatura fantástica sino ciudadano. Trabaja, paga arriendo, cumple horarios. La modernidad aparece como rutina domesticada. El humor persiste, pero ahora tiene filo social.

Entre esos dos momentos se inscribe también “La casa de los fantasmas” (Bogotá, 1985), donde la mirada se vuelve más interior. Los fantasmas son memorias, presencias del tiempo, ecos de lo vivido. Si antes predominaba el ruido de la ciudad, aquí aparece el silencio cargado de recuerdos.

Su estilo se caracteriza por varios rasgos que, vistos hoy, parecen naturales, pero en su momento fueron una irreverencia:

Luis Vidales con su inseparable cigarrillo

– La desacralización del poema: el poema ya no es altar, es laboratorio.

– El uso del humor no como adorno sino como bisturí.

– La incorporación del lenguaje urbano y administrativo.

– La mirada crítica sobre la modernidad y sus rituales burocráticos.

Vidales entendió que la modernidad no solo producía fábricas sino también angustias nuevas. Su ironía no es ligera: es una forma de lucidez. El humor en él no suaviza la crítica; la afila. Se ríe del ciudadano, del sistema, del poeta solemne… y de sí mismo.

Pero Vidales no fue solo poeta. Fue también un intelectual comprometido. Militó activamente en la izquierda colombiana, llegó a desempeñarse como secretario del Partido Comunista y desarrolló una intensa labor periodística en Voz Proletaria. Allí escribió con claridad y rigor, analizando la realidad social y defendiendo el papel del arte dentro de los procesos históricos.

Esa reflexión del Maestro Vidales se profundiza en “Tratado de estética” (1945), donde piensa el arte como forma de conocimiento y no como adorno, y también en “La obreriada” (1978), donde su sensibilidad social se hace más explícita sin caer en el panfleto. Incluso cuando se acerca al mundo del trabajo y la lucha colectiva, mantiene su distancia crítica, su ironía, su inteligencia.

En el contexto literario de Bogotá, su irrupción fue una fisura necesaria. Abrió la puerta para una poesía urbana, menos solemne, más consciente de la vida cotidiana y sus contradicciones. Su influencia fue lenta pero profunda: permitió que la poesía colombiana pudiera hablar sin levita.

Y, sin embargo, más allá del poeta y del intelectual, queda la imagen íntima: el vecino en bata, el cigarro, la cama llena de libros, la conversación que no termina. Ese hombre que ya había entendido algo esencial: que el verdadero drama del siglo XX no está en los monstruos lejanos, sino en la rutina.

Y entonces vuelve a hablar:

Yo soy el abominable hombre
del barrio Las Nieves.
No habito las nieves perpetuas
sino una pieza con ventana
que da a la calle.

No tengo el cuerpo cubierto de pelos
ni lanzo alaridos en la madrugada.

Trabajo.
Marco tarjeta.
Pago arriendo.
Cumplo horarios.

Salgo cada mañana
con mi ferocidad cuidadosamente peinada
y regreso por la tarde
con los colmillos guardados en el bolsillo.

Saludo respetuosamente a los vecinos,
hago fila para pagar los impuestos,
y cedo el asiento en el tranvía.

A veces me miro al espejo
y descubro, con espanto perfectamente civil,
que la bestia
ha aprendido a saludar.

Entre el timbre que suena, los fantasmas que regresan, la obreriada que resiste y la bestia que aprende a saludar, queda Vidales: poeta de la modernidad, pensador crítico y vecino inolvidable de esas noches donde la literatura y la vida eran, simplemente, la misma conversación.

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*Keshava Lìévano Escritor, pedagogo y realizador de Radio y Video, fotógrafo y productor de contenidos. Ha ejercido como periodista cultural y actualmente se dedica a la Cocina y la Escreatura.

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Tags: #envejecimientoactivo #LeondeGreiff #longevidad #LuisVidalesPoeta #portada #rompiendoestereotiposdedad #Suenantimbres #talentomayor

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