Por: Ligia Echeverri Ángel*

 

Enfermedad, tratamientos y responsabilidad del Estado

Es innegable que en cualquier edad, una alteración del funcionamiento normal del organismo de un ser humano o sea la enfermedad, perturba y trastorna física o mentalmente a las personas y a su entorno familiar y social. Desafortunadamente, en el proceso evolutivo y el desarrollo de los organismos vivos, hay demasiados factores internos y externos, hereditarios y /o ambientales que hacen que casi todas, por no decir todas las personas y seres vivos en distintos momentos de nuestra existencia, enfermará.

Prevención, tratamientos, curación y eventualmente la muerte son parte de la realidad de la vida. Y el mandato del sistema de salud, las sociedades y los médicos del mundo es el de combatir, eliminar o tratar de “paliar” la enfermedad con el fin de mantener la vida de los seres vivos y de los seres humanos en particular, niños o viejos. Hasta aquí todo bien y muy loable.

La enfermedad, el deterioro físico y la muerte hacen parte del ciclo de la naturaleza. Foto John Brian Cubaque

No obstante, ocurre que en edades avanzadas y en especial en países subdesarrollados o en proceso de desarrollo, además de la enfermedad hay pobreza, descomposición social y familiar. Los Estados son incapaces de garantizar la salud a todos los ciudadanos y los recursos científicos no están al alcance de la gran mayoría. Y en estos casos, creo yo, la prioridad de la atención en salud debe dirigirse a niños, jóvenes y personas responsables de las familias (especialmente madres y madres cabeza de familia), sin embargo, el Estado debe enfocarse en políticas que permitan que las personas mayores (los viejos) no tengan otras a su cargo y gocen del derecho a pasar sus años otoñales en ambientes hogareños sanos, socialmente activos y con todos los servicios de salud y bienestar que cada grupo considere deseables, y a los que haya acceso incluyente, según sus condiciones objetivas.

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Tratamiento de enfermedades en personas viejas

Ahora bien, aunque lo que sigue es válido para muchas etapas de la vida, haré énfasis en políticas y acciones frente a la enfermedad en las personas viejas. Creo que ellas mismas, sus familias, los gobiernos y la sociedad deben tener educación y claridad respecto a los siguientes asuntos:

– la salud y la enfermedad son parte integral de la vida, tanto como la vida y la muerte son parte integral de los procesos biológicos de los seres vivos

– hay enfermedades incurables, enfermos terminales y alteraciones del organismo cuyos tratamientos son inocuos, costosos o causan dolores extremos e indignidad cotidiana.

Debemos prepararnos para la muerte así como nos preparamos para la vida. Foto AARP

Morir dignamente

Ante este panorama y desde hace 40 años, un grupo pionero de la medicina, el derecho y la psicología crearon en Colombia, la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente en la que, bajo los más rigurosos estándares éticos y bioéticos se han establecido normas de rango constitucional para el manejo digno de la enfermedad y del paciente, y se han introducido leyes que permiten que personas en uso de sus facultades mentales plenas, puedan solicitar por escrito y con el lleno de requisitos específicos la interrupción de tratamientos que de antemano se sabe que no son curativos de la enfermedad, para que en su lugar, se puedan ofrecer tratamientos paliativos que ayuden al paciente a terminar sus días en paz y tranquilidad (las otras tareas de la Fundación las dejaremos para una próxima entrega).

¿Y por qué interesa este tema? Muy sencillo. Porque sólo hay dos cosas seguras que no han tenido duda o controversia en ninguna época anterior, ni en ninguna cultura o religión del pasado o del presente. Ellas son: el cambio es permanente y especialmente en la naturaleza y la vida, Es decir que naturaleza, cultura, sociedad e individuo son objetos de cambio constante. Y que hasta hoy, la ciencia ha demostrado que todo perece, cambia o se transforma y que los seres vivos nacen y mueren.

¿Cómo relacionamos la enfermedad con el cambio y con la muerte?

Cuando hablamos de algunos tipos de enfermedades o de enfermos, es común mencionar la enfermedad o al enfermo terminal, lo que significa certeza de que hay enfermedades para las cuales en el momento específico de la historia al que nos refiramos, no existe  tratamiento ni cura y que, por lo tanto, es previsible la muerte relativamente pronta («terminal» es un término que varía entre médicos, pero implica sobrevivencia no mayor de 6 meses y generalmente dolorosa). O nos referimos al paciente agónico que es aquél que está próximo a la muerte, aunque no hubiera estado enfermo -después de un accidente fatal, por ejemplo-.

La aceptación de la muerte tanto del enfermo como de la familia, hace parte de un proceso de educación y sensibilización frente al tema. Foto John Brian Cubaque

Nadie es eterno en el mundo 

Si aceptamos que el concepto permanencia no existe en la naturaleza, ni en la sociedad, ni en la cultura, ni en el individuo, aprenderemos a mirar la muerte con naturalidad y sin miedo. Es una fase más del ciclo de la vida.

Y esa nueva mirada de la muerte -no violenta por supuesto- nos hace apreciar cada instante de la vida. Aprendemos a aprovechar cada segundo de nuestra existencia, a cuidarnos, a amar, a ser generosos, a disfrutar de los afectos, del trabajo, de la naturaleza. La sabiduría popular dice que no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver. Y yo agregaría, ni peor necio que el que se cree inmortal.

Para aquellas personas que aceptan que nadie es eterno y están conscientes que a medida que envejecemos las enfermedades son complejas y pueden ser muy onerosas para nuestras familias, es recomendable que se asesoren y obtengan información confiable sobre los cuidados paliativos y atención especial para esos momentos. El dolor, el sufrimiento extremo y las situaciones infamantes pueden mitigarse, y eso es lo verdaderamente digno y humano. ES ÉTICO, HUMANO Y JUSTO!

 

* Socióloga y Antropóloga Social, especialista en Familia. Ex vicerrectora y Profesora Titular de la Universidad Nacional de Colombia. Autora de varios libros y artículos sobre Familia, Vejez y Envejecimiento.

 

 

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