Por John Brian Cubaque Rey*

El Patojo con sus amigos en Corferias. Bogotá, septiembre 10 de 2009

El Patojo en 360°

Hablar de Francisco Carranza (Boyacá, 1952) es hablar de 360°. Esta teoría que aprendió de su maestro Henry Cartier-Bresson -el padre de la reportería gráfica moderna, a quien conoció personalmente en Paris-, y que reafirmó con Carlos Caicedo -el gigante de la reportería colombiana-, que plantea que cuando vas a tomar una fotografía periodística debes mirar siempre a todos lados (arriba-abajo-atrás-a los lados) porque el interés no se centra únicamente en el sujeto primario sino en todo lo que lo rodea, es la que rige su vida profesional y la que le ha dado esa otra mirada que lo ha identificado durante toda su trayectoria. Es la visión amplia, oportuna y diferenciada de cualquier acontecimiento. 

Y es que además Carranza vive intensamente su profesión, es un gomoso y por encima de su gran experiencia y profesionalismo, vive como un aficionado intenso cada acontecimiento que cubre. A pesar de estar retirado, (tiene 68 años) sigue con la misma pasión de reportero explorador un evento familiar, un paseo o una salida a clase de natación con sus nietos.

Vida entre cámaras

El Patojo, como se le conoce entre sus amigos y colegas, es un personaje de leyenda en el periodismo gráfico colombiano. 

Su relación con la cámara se remite a su bautizo a la edad de 18 meses, cuando fue apadrinado por un amigo de la familia, fotógrafo de Monguí -en donde pasó su primera infancia- quien le regaló una cámara Kodak Brownie reflex** que debía ser entregada cuando cumpliera 6 años. Y así lo hicieron sus padres. Tuvo su primera experiencia con la reportería a los 8 años, ya viviendo en Bogotá, cuando fue encontrada una persona muerta en un caño que pasaba por su barrio, y él de curioso fue a verla. No se asustó con el muerto pero quedó admirado por la soltura con que se desenvolvía el fotógrafo que vino a cubrir el evento, y él mismo, sin que lo notaran, imitándolo, comenzó a simular la toma de fotos con sus manos. A partir de allí, se propuso ser fotógrafo.

Empezó a trabajar como mensajero-todero en el diario El Espectador a los 14 años y en sus ratos libres se la pasaba en el laboratorio acompañando a los fotógrafos del periódico. Hasta que un día el director le propuso si quería aprender y así entró de lleno en el mundo de la fotografía de prensa que le ocuparía su tiempo, su mente y  su vida por más de 53 años, tiempo que lleva ejerciéndola, en la que considera su casa, en donde ha vivido sus mejores días de crecimiento personal y profesional: El Espectador.

Fotógrafo ‘pasivo’

En algún momento de su vida profesional se preguntó si era un fotógrafo ‘activo’, es decir que le gustaba la acción o uno ‘pasivo’, que considera otras variables diferentes a la acción y decidió que era lo segundo. Esa mirada de fotógrafo “pasivo” como el la definió, es decir, en la que la acción la cambia por el detalle significativo, por esa otra actividad o actitud que es menospreciada por otros porque “no es importante”, porque está quieta, porque  “no participa” o porque “no tiene sangre” como se denomina en el argot reporteril, esa, se convirtió en el motivo de interés del Patojo. Y no se equivocó, porque por esa mirada es lo que es: ha sido su sello. Por ella es que ha tenido reconocimientos: sus premios por cubrimientos en deporte, política, orden público o farándula dicen que ha elegido bien. Son famosas sus fotografías de desfiles militares compitiendo con burros o desfiles de reinas con caballos desbocados. O la escenificación de una pedrea en la Plaza de Bolívar, con las piedras regadas en primer plano, y los escudos de la policía al fondo. O aquella posesión del presidente Andrés Pastrana en la que su hija le ofrece una flor que cortó de un adorno, un rompimiento de protocolo que se hizo famoso porque Carranza estaba atento y lo registró. Imágenes que sólo él ha visto porque ha estado preparado y alerta a todo lo que rodea la noticia.

Referente obligado

Carranza fue una de las estrellas rutilantes en el firmamento de la prensa gráfica colombiana, desde finales de los años setenta cuando empezó a descollar hasta su retiro en el año 2003, solo atenuada durante sus años de aprendizaje y afianzamiento por su maestro y gran competidor en el periódico El Tiempo, el gran Carlos Caicedo, a quien siempre admiró. Fue monopolizador de la primera página de su periódico durante más de veinte años. No había semana en que una foto suya no estuviera en ese espacio solo reservado a los mejores.

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Para todos los que le siguieron, Francisco Carranza fue un referente obligado. Como espectadores o como diletantes seguidores de lo diferente, aprendimos a mirar de otra manera los accidentes, los eventos deportivos, la noticia política, y hasta los aburridores desfiles o ceremonias pomposas tenían una anécdota visual o un ángulo distinto a través de esa mirada ‘pasiva’ del Patojo.

Formación por ‘ósmosis’

Aunque hizo algunos cursos, Carranza se considera autodidacta, como muchos de sus colegas de la época. Sus maestros fueron la calle y su olfato periodístico. Con total humildad, considera a todos los fotógrafos con los que comparte o interactúa como sus maestros, porque, dice, “todos tienen algo que enseñar”, lo mismo Cartier-Bresson que un fotógrafo de pueblo, y para reafirmarlo, cuenta la anécdota del fotógrafo de iglesia  -siempre subvalorado por los reporteros- que le enseñó un ‘tip’ que nunca olvidó: la mejor foto de bodas es cuando el papá entrega a la hija a su futuro esposo y los novios se voltean para emprender su nuevo viaje juntos, dejando a sus padres, soltándose como los pájaros neófitos, para emprender solos su vuelo; esa cara de felicidad genuina solo se ve en ese momento y hay un ángulo preciso para tomarla. Así es la dimensión humana de Francisco Carranza.

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Cuando era muy joven y se estaba iniciando en la reportería, alguno de sus ‘maestros’ ocasionales le sugirió que para aprender había hay que tocar al fotógrafo que admirara para que le transmitiera a él ese conocimiento o ese ojo especial que tuviera ¡y se lo creyó! Y así lo siguió haciendo siempre, muy crédulo, inclusive con el mismísimo Cartier-Bresson, al que le hizo un viaje especial para esa ceremonia. Lo mismo con Caicedo y con Chacón Soto -‘Chaconcito’-, aquel fotógrafo que trabajaba en el modesto periódico El Frente, de Santander, que se hizo famoso por tomar la última foto del cura-guerrillero Camilo Torres en su camilla de muerte en 1966 y que logró salvar gracias a su astucia, porque el ejército era muy celoso y no dejaba tomar fotos. Así también lo siguió haciendo con todos a los que consideraba que podían enseñarle, como por ‘ósmosis’, sus conocimientos y experiencias, pero a quienes en realidad analizaba para entender su trabajo.

Y no los olvida. Recuerda siempre a sus compañeros y colegas con agradecimiento: Enrique Benavides, Bernardo Ospina, Armando Morales, Jorge Narváez, Carlos Manjarrés, Vladimiro Posada, Gabriel Aponte, Fernando Cano, Jorge Torres, Henry Agudelo, Rodrigo Dueñas, Guillermo Cáceres, José del Carmen Sánchez Puentes, fueron algunos de sus ‘Maestros’. Cierto o no, Carranza logró convertirse en uno de los mejores fotógrafos del país y tiene el orgullo de haberlo hecho a su manera, fiel a su estilo y a su pensamiento periférico, a su búsqueda infatigable de lo diferente y a su sensibilidad periodística, pero sobre todo gracias a su amor por el oficio. 

*Diseñador gráfico y docente universitario. Ex periodista gráfico de la revista Semana y de la Agencia nacional de noticias CIEP. Actualmente es editor de quintopiso.net, pagina dedicada al bienestar, respeto y empoderamiento de personas mayores de 50 años

**La cámara tuvo un destino desafortunado algunos años después, porque alguien le dijo que la magia estaba adentro y el ‘astuto’ jovencito la desbarató para comprobarlo. El año pasado, después de una intensa búsqueda de muchos años, logró conseguir otra exactamente igual que conserva como un verdadero tesoro.

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