Volver a leer, después de un tiempo, libros que hemos leído, trae una mirada gozosa pero analítica y más atenta, por cuanto, conociendo la historia, puede uno centrarse en los detalles. A todos nos pasa. Al releer Cien años de soledad se puede visualizar y disfrutar mejor el momento del ascenso angelical de Remedios la Bella en medio de sábanas blancas, en el patio de su casa, o recordar a Pilar Ternera como la iniciadora sexual de los Buendía, y que los trasciende. Al volver a leer El nombre de la rosa, se puede descubrir la naturaleza de los amanuenses e ilustradores de libros y sentir la calidad de los pergaminos sobre los cuales escriben. En fin, algunas cosas que pasaron desapercibidas en la primera lectura, se nos vuelven descubrimientos.

Polvo somos…

Así sucede con El libro de los abrazos* (1989) del escritor uruguayo Eduardo Galeano** (1940-2015) que ahora, por cuenta de uno de nuestros trasteos, volvimos a encontrar. Y descubrir con sorpresa que muchas de las historias las une el hilo de la muerte: la muerte contada con dolor, con rabia y con amor: con amor de amigo, con amor de hijo, con amor reparador, con amor reivindicativo.

No es fácil aceptar la muerte, pero es indispensable reflexionar sobre su realidad, para entenderla y lograr convivir con ella, además de ser conscientes de nuestra naturaleza efímera.

No son obituarios ni panegíricos. Son muertes reales, naturales, algunas violentas y tristes. Estas ocho historias reflejan frustración, rabia y dolor, pero también paz; son reflexivas y tiernas y están llenas de poesía, pero sobre todo, contienen amor y vida.

El Libro de los abrazos contiene historias propias pero también historias que le han contado a Galeano durante sus recorridos por el mundo y que él las resume con una simpleza y un encanto literario seductor.

Otro detalle no recordado: las ilustraciones, basadas en grabados antiguos, con montajes simples pero creativos y humorísticos, son obra del mismo Galeano. Aquí seleccionamos algunas de ellas. QP

«Y me he preguntado: si Dios existe ¿por qué pasa de largo? ¿No será ateo Dios?»

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Envidias del alto cielo

Creen los mayas que, al principio de la historia, cuando los dioses nos dieron nacimiento, nosotros los humanos, éramos capaces de ver más allá del horizonte. Entonces estábamos recién fundados, y los dioses nos arrojaron polvo a los ojos para que no fuéramos tan poderosos.

Yo pensé en esa envidia de los dioses, cuando supe que había muerto mi amigo René Zavaleta. René, que tenía una inteligencia deslumbrante, fue fulminado por un cáncer al cerebro.

De cáncer de garganta había muerto medio siglo antes, Enrico Caruso.

Llorar

Fue en la selva, en la amazonia ecuatoriana. Los indios Shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados, a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:

Porqué lloran delante de ella, si todavía está viva?

Y contestaron los que lloraban:

Para que sepa que la queremos mucho.

Gelman

El poeta Juan Gelman escribe alzándose sobre sus propias ruinas, sobre su polvo y su basura.

Los militares argentinos, cuyas atrocidades hubieran provocado a Hitler un complejo de inferioridad, le pegaron donde más duele. En 1976, le secuestraron a los hijos. Se los llevaron en lugar de él. A la hija, Nora, la torturaron y la soltaron. Al hijo, Marcelo, y a su compañera que estaba embarazada, los asesinaron y los desaparecieron.

En lugar de él, se llevaron a sus hijos porque él no estaba. ¿Cómo se hace para sobrevivir a una tragedia así? Digo: para sobrevivir sin que se te apague el alma. Muchas veces me lo he preguntado en estos años. Muchas veces me he imaginado esa sensación de vida usurpada, esa pesadilla del padre que siente que está robando al hijo el aire que respira, el padre que en medio de la noche despierta bañado en sudor: Yo no te maté, yo no te maté. Y me he preguntado: si Dios existe ¿por qué pasa de largo? ¿No será ateo Dios?

La muerte

Ni diez personas iban a los últimos recitales del poeta español Blas de Otero. Pero cuando Blas de Otero murió, muchos miles de personas acudieron al homenaje fúnebre que se le hizo en una plaza de toros de Madrid. Él no se enteró.

Cortázar

Con un solo brazo nos abrazaba a los dos. El brazo era larguísimo, como antes, pero todo el resto se había reducido mucho, y por eso Helena lo soñaba con desconfianza, entre creyendo y no creyendo. Julio Cortázar explicaba que había podido resucitar gracias a una máquina japonesa, que era una máquina muy buena pero que todavía estaba en fase de experimentación, y que por error la máquina lo había dejado enano.

Julio comentaba que las emociones de los vivos llegan a los muertos como si fueran cartas, y que él había querido volver a la vida por la mucha pena que le daba la pena que su muerte nos había dado. Además, decía, estar muerto es una cosa que aburre. Julio decía que andaba con ganas de escribir algún cuento sobre eso.

Celebración de coraje /4

La derecha mezquina y la izquierda puritana han dedicado buena parte de sus fervores a discutir si Salvador Allende se suicidó o no se suicidó.

Allende había anunciado que no saldría vivo del palacio presidencial. En América Latina, es tradición: todos los dicen. Después cuando ocurre el golpe de estado, se toman el primer avión.

Habían pasado muchas horas de bombas y fuego y Allende seguía combatiendo entre los escombros. Entonces llamó a sus colaboradores más íntimos, que resistían con él, y les dijo:

Bajen ustedes que yo ya voy.

Ellos creyeron y se fueron, y Allende quedó solo en el palacio en llamas. ¿Qué importa de quién fue el dedo que disparó la bala final?

Otro músculo secreto

En los últimos años, la Abuela se llevaba muy mal con su cuerpo. Su cuerpo, cuerpo de arañita cansada, se negaba a seguirla.

-Menos mal que la mente viaja sin boleto –decía.

Yo estaba lejos, en el exilio. En Montevideo, la Abuela sintió que había llegado la hora de morir. Antes de morir, quería visitar mi casa. Con cuerpo y todo.

Llegó en avión acompañada por mi tía Emma. Viajó entre nubes, entre olas, convencida de que iba en barco; y cuando el avión atravesó una tormenta, creyó que andaba en carruaje, a los tumbos, sobre el empedrado.

Estuvo un mes en casa. Comía papillas de bebé y robaba caramelos. En plena noche se despertaba y quería jugar al ajedrez o se peleaba con mi abuelo muerto hacía cuarenta años. A veces intentaba alguna fuga hacia la playa, pero se le enredaban las piernas antes de llegar a la escalera.

Al final dijo:

-Ahora ya me puedo morir.

Me dijo que no iba a morirse en España. Quería evitarme los líos burocráticos, el traslado del cuerpo y todo eso: dijo que ella bien sabía que yo odiaba los trámites.

Y se volvió a Montevideo. Visitó a toda la familia, casa por casa, pariente por pariente, para que todos dijeran que había regresado de lo más bien y que el viaje no tenía la culpa. Entonces, a la semana de llegar, se acostó y se murió.

Los hijos echaron sus cenizas en el árbol que ella había elegido.

A veces, la Abuela viene a verme en sueños. Yo camino al borde de un río y ella es un pez que me acompaña deslizándose suave, suave, por las aguas.

El aire y el viento

Por los caminos voy, como el burrito de San Fernando, un poquito a pie y otro poquito andando.

A veces me reconozco en los demás. Me reconozco en los que quedarán, en los amigos abrigos, locos lindos de la justicia y bichos voladores de la belleza y demás vagos y mal entretenidos que andan por ahí y por ahí seguirán, como seguirán las estrellas de la noche y las olas de la mar. Entonces, cuando me reconozco en ellos, yo soy aire aprendiendo a saberme continuado en el viento.

Me parece que fue Vallejo, César Vallejo, quien dijo que a veces el viento cambia de aire.

Cuando yo ya no esté, el viento estará, seguirá estando.

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*El Libro de los Abrazos. Tercer Mundo Editores. 3a. edición, 1996.

** Eduardo Galeano (Montevideo 1940- Montevideo 2015) escritor y periodista uruguayo. Vivió en el exilio, primero en Argentina (1973) y luego, por amenazas del régimen dictatorial argentino, en España desde 1976, hasta su regreso a Montevideo en 1985. Fue un referente de la izquierda latinoamericana.

La obra de Eduardo Galeano, ha sido traducida a mas de veinte idiomas. Son cerca de 20 títulos los que componen su bibliografía. Sus escritos son una interpretación de la realidad de América Latina, una radiografía del continente. Así sucede con uno de sus libros imprescindibles, «Las venas abiertas de América Latina». Su trilogía «Memoria del fuego», que combina elementos de la poesía, la historia y el cuento, la conforman «Los nacimientos» (1982), «Las caras y las máscaras» (1984) y «El siglo del viento» (1986), y fue premiada por el Ministerio de Cultura del Uruguay y también con el American Book Award, distinción que otorga la Washington University. (ABC). «El Libro de los Abrazos», «El Fútbol a sol y sombra» y «Días y noches de amor y de guerra» son otros conocidos títulos de su autoría.

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