Por Argemiro Paredes Ch.

Las últimas palabras

Atención, preparen armas, ¡fuego!

Fueron las últimas palabras que alcanzó a oír Ricardo Beltrán antes de caer abatido frente al pelotón de fusilamiento. Al escucharlas, reconoció la voz de su hijo, el coronel Vladimir Beltrán, a quien por sorteo y sin que pudiera conocer la identidad del reo, le correspondió obedecer la orden de su fusilamiento.

Fusilamientos del 3 de mayo en La Moncloa. Foto RTVE.

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La gran carrera

En el bar del hipódromo Monserrate, don Luis Villegas y don Ricardo Gaviria se tomaban un whiskey conversando sobre hípica. Los dos eran famosos por sus cuadras donde criaban caballos de carreras, de lo cual eran muy amantes y exitosos en los hipódromos del país. Entre sus animales compartían históricas carreras, con ganadores alternados. Rivales en la pista, pero muy amigos en el bar.

Don Luis tenía en su hacienda Los Olivos un criadero muy bien dotado, donde pastaba una potranca de menos de tres años, con un porte envidiable llamada Pocahontas. Ganadora de todas las carreras de potrancas en las que había competido, acababa de ganar con mucha solvencia la carrera de los dos mil metros. Don Ricardo a su vez tenía un hermoso potro de nombre Aladino, con una estrella blanca en la frente, muy ganador también y que había triunfado, como Pocahontas, en los dos mil metros, con récord incluido. Trotaba en el picadero de la hacienda Las Mercedes, propiedad de don Ricardo.

Hipódromo de San Sebastián.

En una de sus charlas, don Luis le propuso a don Ricardo celebrar una competencia entre Pocahontas y Aladino en la pista de arena, sobre la misma distancia, siendo una prueba inédita, nunca vista en los hipódromos nacionales y tal vez en el mundo de la hípica. La única condición sería que Aladino le diera una gabela de 200 metros; tenía que esperar a que la potranca comenzara a correr y el potro entraría a competir sólo cuando llegara a la distancia acordada.

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Organizaron rueda de prensa con todos los cronistas hípicos, incluidos los directores de las revistas La Meta y La Fija. Todo el mundo quedó sorprendido y admirado y aplaudieron la idea. El director de La Meta propuso que, ante los buenos registros de Aladino, la gabela no fuera de 200 sino de 300 metros y así quedó aprobado. La noticia salió en la prensa y en la televisión del sábado en la mañana; al caer la tarde, más de la mitad de la boletería estaba vendida.

Foto jineteycaballo.blogspot

Llegó el domingo. La carrera estaba programada para las 4 de la tarde con todas las entradas vendidas. Después de tres carreras sin importancia, a las 4 sonó el clarín y Pocahontas salió del partidor a una velocidad inusitada, como si quisiera comerse la pista. A los 300 metros salió Aladino y, como perro rabioso que quiere alcanzar a su presa, le imprimió tanto vigor a su carrera que al llegar a los 1000 metros ya había recuperado buena parte de la ventaja que había dado. A los 1500 metros alcanzó a Pocahontas y la competencia subió en emoción. La tribuna se convirtió en un tremendo espacio de gritos, silbidos y aplausos.

«Está usted servida señorita»

Entonces, faltando 100 metros, Aladino hizo un gesto que Pocahontas entendió. Él, sin que nadie lo notara, reduce un poco su tren de carrera, ella aprovecha y con mucha fuerza y talento gana la competencia por una cabeza. La tribuna no se cansaba de gritar, de silbar y aplaudir. Don Luis y don Ricardo se abrazaron, brindaron por el soberbio espectáculo y por la belleza de la hípica. En las taquillas ya había colas de los apostadores ganadores que iban a cobrar sus premios.

En la pista llevaban a Pocahontas y Aladino al podio donde recibirían los trofeos. En un momento, Aladino se arrima un poco a Pocahontas y, con un dulce tono, le dice: “Está usted servida señorita”.

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