El mundo está envejeciendo, eso es una realidad estadística comprobada. La proyección -según la ONU- es que a 2050 una de cada 6 personas será mayor de 65 años; esta referencia obliga a determinar el tratamiento y las políticas sociales que se deben ir implementando para el adecuado manejo de esta población. El impacto que tendrá sobre los servicios de salud, la economía, el turismo, el empleo, la vivienda, la accesibilidad, el transporte, la tecnología, el esparcimiento, entre muchos otros temas, debe ser tomado en serio desde ahora por legisladores y especialistas en el tema.

Envejecimiento activo. Imagen de Freepik

La revolución de la longevidad, como se ha dado en llamar este fenómeno, tiene consecuencias que van más allá de la familia, porque todo depende de cómo se lleve esa vida ampliada. No es lo mismo tener un adulto mayor productivo, en actividad y saludable que ayude en la economía del hogar, a tener un viejo enfermo en casa que requiera acompañamiento y control. Estas situaciones serán más comunes, por lo que será necesario tener un entorno propicio que apoye ambas circunstancias.

María Isabel Mendoza revisa estudios y estadísticas relacionadas con este fenómeno y hace un llamado a la acción por parte de todos los actores del sistema. Estado, instituciones especializadas, geriatras, psicólogos, médicos, sociólogos, urbanistas, educadores, en fin, cualquiera que aporte a la adaptabilidad social y económica de las y los mayores de 65 años en las próximas décadas sera crucial, porque las personas mayores hacen parte fundamental de nuestra sociedad y su bienestar nos compete a todos. Reto mayor

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¿Cómo debe cambiar la sociedad para enfrentar el envejecimiento de la población?

El envejecimiento de la población está creciendo, y junto con las migraciones, son las tendencias del siglo XXI que están transformando nuestra sociedad, y planteando nuevas necesidades y retos que tendremos que ir afrontando colectivamente. Estos cambios trascienden la política y la vida grupal, conformándose un hito como pocas veces ha ocurrido a lo largo de la historia, salvo en casos como los de las grandes “revoluciones sociales”.

Al referirnos al fenómeno del envejecimiento poblacional, en palabras de Alexandre Kalache, (Presidente del Centro Internacional de Longevidad de Brasil y director del Informe sobre el Envejecimiento Activo2015 -Active aging) se trata de una «auténtica revolución –la revolución de la longevidad-, fenómeno que aunque muy ligado al territorio sigue una tendencia global, de forma más acusada en los países de nuestro entorno.»

Según datos del informe Perspectivas de la población mundial 2019: aspectos destacados de la ONU, en 2050 una de cada seis personas en el mundo tendrá más de 65 años, representando el 16 % de la población, y una de cada cuatro que viven en Europa y América del Norte podría superar esa edad.

En 2018 y por primera vez en la historia, las personas de 65 años o más superaron en número a los niños menores de cinco años en todo el mundo. Además, se estima que el número de personas de 80 años o más se triplicará, pasando de 143 millones en 2019 a 426 millones en 2050.

Sin duda, la pandemia por COVID-19 ha tenido como consecuencia un descenso relativo de la esperanza de vida al nacer, debido a la alta incidencia de la enfermedad entre personas de edad avanzada. Cabe destacar que “en muchos países, más del 40 % de las muertes relacionadas con COVID-19 durante 2020 se relacionaron con centros de atención de larga duración, con una proporción de hasta el 80% en algunos países de altos ingresos”, tal y como se recoge en el Informe de referencia de la OMS para la Década del Envejecimiento saludable (Infocop, 2021) .

La esperanza de vida media al nacer ha decrecido en España, y según datos de Eurostat, la esperanza de vida al nacer en 2020 estuvo 1,6 años menor respecto al año anterior, hasta caer a una cifra próxima a la de 2012 (82,4 años), mientras que en 2019 era de 84 años.

En la actualidad, y durante los próximos años, tendrán que definirse nuevas fórmulas de convivencia y relaciones intergeneracionales, patrones de consumo, formas de ocio y tiempo libre, soluciones tecnológicas a la carta para personas con diferentes discapacidades, canales de información y comunicación adaptados, programas de educación y aprendizaje permanentes, así como otras cuestiones relevantes que tendrán como beneficiarios principales a las personas mayores.

En el Libro Blanco sobre Envejecimiento Activo (Instituto de Mayores y Servicios Sociales, 2011) ya se advertía que “la construcción de las edades es lenta, tiene sus raíces en causas del pasado, pero tendrá consecuencias revolucionarias en la vida de las personas, en la familia, en la economía, en las finanzas públicas e incluso en la geopolítica”. En este informe se señala que el envejecimiento poblacional traerá consecuencias para casi todos los sectores de la sociedad, entre ellos el mercado laboral y financiero, la demanda de bienes y servicios (viviendas, transportes, protección social…), así como la estructura familiar y los lazos intergeneracionales.

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Sopladores de vidrio. Imagen de Freepik

Este cambio social debe ser abordado desde diferentes disciplinas, tales como la economía, la política, la sociología, el derecho, la psicología, la educación, etc., representando un gran reto tanto para los Estados y las diferentes administraciones públicas, como para las empresas y la sociedad civil, agentes todos ellos que deben incorporar en sus agendas la preocupación por las personas mayores.

Por parte de las empresas, “estas han ido comprendiendo la importancia de este segmento del mercado, con poder adquisitivo, informado, globalizado, con disposición a disfrutar la vida y demandante de bienes y servicios, entre los que se mencionan el turismo, el ocio, los servicios asistenciales de todo tipo, los seguros médicos, los productos financieros, pensiones. Incluso muchos de los adultos mayores que se encuentran en buenas condiciones son quienes deciden acerca de los productos infantiles para sus nietos”.

Por su parte, los Estados (ver Huenchuan y Morlachetti (2007)[1], han ido contrayendo obligaciones respecto a los Derechos Humanos, entre los que pueden citarse la obligación de respetar, de proteger y de promover.

  • La obligación de respetar se centra en que deben abstenerse de interferir en el ejercicio de los derechos económicos, sociales y culturales consagrados en los instrumentos de derechos humanos.
  • La obligación de proteger se centra en que deben impedir la violación de los derechos económicos, sociales y culturales por parte de terceros.
  • La obligación de promover, por último, se centra en que deben realizar prestaciones positivas para que el ejercicio de los derechos no sea ilusorio.

A pesar de que las personas mayores tienen los mismos derechos que cualquier otra, incluido el derecho a la no discriminación (recogidos en el artículo 26 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y en el artículo 2 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales), no existe una consagración de derechos tales como, por ejemplo, existe en relación a la infancia.

Por tanto, se tornará necesario tomar conciencia y actuar ante los cambios demográficos, sociales y económicos que genera el aumento de la esperanza de vida. Esto conlleva asumir nuevos modelos de pensamiento que permiten incorporar la preocupación por las personas mayores como parte de la responsabilidad social en las distintas organizaciones e instituciones, tanto públicas como privadas. En definitiva, se trata de actores fundamentales que ocupan un espacio propio dentro de nuestra sociedad.

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*María Isabel Mendoza Sierra. Psicóloga social, Universidad de Huelva. Directora del Máster Universitario en Investigación e Intervención Psicosocial en Contextos Diversos por la Universidad de Huelva. Una de sus líneas de investigación preferentes se centra en la promoción del envejecimiento activo y saludable. Autora del libro «La longevidad como transformación social en el siglo XXI» (2021). Ed Aljibe


[1] En la actualidad el envejecimiento también es un fenómeno de los países en desarrollo, que presentarán un ritmo de crecimiento de la población adulta mayor mucho más rápido que el de los países desarrollados y, por lo tanto, tendrán menos tiempo para adaptarse a sus consecuencias. A ello se suma que el envejecimiento en los países en desarrollo se produce en un momento en que el nivel de crecimiento socioeconómico es muy inferior al que existía en su momento en los países desarrollados (Naciones Unidas, 2002). Por ello, algunos autores prevén que el ejercicio de la ciudadanía social en la vejez será uno de los grandes retos de las políticas públicas del siglo XXI

Derechos sociales y envejecimiento: modalidades y perspectivas de respeto y garantía en América Latina. 2007. Sandra Huenchuan y Alejandro Morlachetti

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.