Por María Teresa Herrán1

Porqué mamotretos

No nos digamos mentiras. Nuestro país se asombra ante cualquier libro que se lance al mercado.

La cultura in’ en Colombia parece haber perdido el gusto por lo mamotrétrico. ¿Y eso qué es? -preguntan quienes huyen de libros voluminosos que los espantan por gordos.

El barcelonés Alfred López encuentra el origen de la palabreja: “Este término se acuñó en la Antigua Grecia a raíz del vocablo ‘mammóthreptos’ (μαμμόθρεπτος) cuyo significado literal era ‘criado/alimentado por su abuela’ (mámme: abuela – thretos: criar). De ahí pasó al latín tardío ‘mammothreptus’ y posteriormente se extendió a otros idiomas con influencia latina. (¿Será porque hoy las abuelas somos las únicas capaces de leer mamotretos?)

En castellano, explica López, la palabra mamotreto se registró por primera vez en el Diccionario de Autoridades de 1734, donde se le dio como única acepción a este término: ‘El libro o quaderno que sirve para apuntar y anotar las cosas, que se necesitan tener presentes para ordenarlas después.’

El sentido peyorativo del término se fue poco a poco instalando en la medida en que la velocidad le fue ganando a la capacidad de lectura. Y en un país que no lee, o pocos críticos tiene, resulta casi normal que la gente se extasíe con obras, siempre y cuando no superen las 300 páginas.

En todo caso, hay dos mamotretos colombianos que merecen respeto y ameritan aunque sea una reseña, por su valor intrínseco y la sorpresa que producen.

Uno es la «Historia URGENTE del arte en Colombia» de Halim Badawi, del que hablaré hoy y el otro es «Lo que  fue presente. Diarios  (1985-2006)» de Héctor Abad Faciolince, que reseñaré en el próximo artículo.

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Historia URGENTE del arte en Colombia (Dos siglos de arte en el país)

HALIM BADAWI

Crítica, Planeta 2019
653 páginas

El gran mérito de esta investigación en profundidad es deshacer mitos como el del “trabismo” (me refiero, por supuesto, al papel de Marta Traba (1930-1983) como “descubridora” del arte colombiano), y rehabilitar el impacto de pintores como Andrés de Santa María (1860-1945) y su admiración por la Hacienda El Vínculo, rastreando sus huellas desde Bélgica hasta Soacha y Pandi, pero, sobre todo, re-definiendo los criterios de alta cultura y cultura popular.

Como bien lo describe este extraño y encantador personaje que uno no corre el riesgo de encontrar en las galerías esnob de Bogotá, “hay gente que piensa y luego escribe; soy de los que piensa escribiendo” –aclara. Pero, además, Halim Badawi (1982) recupera el valor del fragmento, no duda en escribir lo que los sabiondos no dicen, explica el mito masculino del arte colombiano, demuestra el expresionismo de Débora Arango (1907-2005) y nos regala otros valiosos descubrimientos.

Solo un personaje como éste puede rastrear la historia de un cuadro (el de Frederic Edwin Church), seguirle el paso a un viaje como el del barón Gros, cuyo bisabuelo era Louis Philippe I, duque de Orleans, y que se dio el lujo de bajar con cuerda por el Salto de Tequendama. O encontrar a Marie Gauguin, hermana del pintor y casada con el bogotano Juan Uribe Buenaventura, negociante de la zona del canal.

Este minucioso buscador no duda en oponerse al mito creado por el trabismo, toda una generación “que se despachó contra la despreciada generación Bachué, nombre dado por una escultura de la diosa muisca del boyacense Rómulo Rozo (1899-1964) (146).* Y es válida su pregunta que evaden los gurúes del arte: ¿Esa condena de expulsión seguida por adquisición y patronalización debe atribuirse a personas, instituciones, o a un problema estructural de política cultural pública?

Su inquietud es más que válida, a mi modo de ver, ante expresiones culturales como ArtBogotá, frente a las cuales se pregunta uno qué pasaría si doña María Paz no fuera la hija del ex Presidente Gaviria.

¿Los errores en los procesos de selección de lo público son acaso siempre meritorios e incuestionables, como verdades reveladas? Señala el autor cómo, en la actualidad, en todo Proyecto cultural, comercial y político, la palabra ecología se ha convertido en una recomendación banal: hay que “cuidar” y “amar” a la naturaleza, como si se tratara de echarle agua a las matas” 

Jonier Marin. Amazonia Proyect. 1976

Pero a pesar de su posición crítica, reconoce el aporte de los cuatro evangelistas: Barrios en Barranquilla, Miguel González en Cali, Eduardo Serrano en Bogotá y Alberto Sierra en el Medellín de Débora Arango. Destronaron al centralismo bogotano y redescubrieron el papel de las regiones. Barrios le merece atención especial con su obsesión por el martirio de San Sebastián.

El autor redescubre a Jonier Marin (Argelia, Valle, 1946), del conceptualismo colombiano. Sus preguntas aportan. Lo entrevista en una iglesia de Saint Sulpice en París. Para él, personas de indudable influencia son la bumanguesa Beatriz González (1932) y, por supuesto, Olga de Amaral (1932), la cual, a mi modo de ver, no se valora como debería valorarse.

Hombre brillante. Camilo Lleras/Jaime Ardila. 1973

Badawi repasa aspectos desconocidos o mal estudiados, como el arte de la fotografía conceptual. Tampoco duda en calificar al “muralismo descriptivo y mediocre de Pedro Nel Gómez.» (226). Y, con crudeza, señala que los artistas críticos del siglo XX actúan como  “antropófagos, creadores dispuestos a digerir el arte producido en otras latitudes.” (396).

También, escribe, con razón, que la mayoría de la nueva generación «…prefirió decantarse por un dibujo fácil y bonito que vende rápido… por el reencauche de las fórmulas del arte óptico y cinético, por la réplica mimética del arte producido en los centros de poder, por un efectismo grandilocuente, pretencioso y decorativo, por la repetición inocua de la abstracción setentista y por la preferencia por los temas suaves, poco escandalosos apenas para decorar hospitales infantiles o hacer juego con la poltrona o el sofá.” (397-398). ¿Duro, pero verdad? ¿Cómo no pensar, con estas expresiones, en las obras ‘sagradas’ de ArtBogotá, que no reciben ni un sí ni un no de los llamados críticos de arte?

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Un descubrimiento impactante y desolador es, en esta obra decisiva pero poco comentada, la llamada Biblioteca Mendel, de un judío austriaco. Como la de Gómez Dávila, más allá de sus diferencias, algo los unía profundamente: “los dos eran dueños de las bibliotecas privadas más importantes de América latina y tal vez, sin ánimo de exagerar, del mundo”. 

Lo que pasó con la biblioteca de Bernardo Mendel es un ejemplo elocuente de la pequeñez y de incultura de algunos de nuestros intelectuales. Mendel quiso donar la suya, pero Colombia no lo aceptó, por lo cual fue vendida y terminó en la biblioteca Lilly de la Universidad de Indiana, en vez de ser escogida por los “burócratas de la Atenas Suramericana”. 

Bernardo Mendel

Estupidez que por cierto Héctor Abad atribuye al presunto carácter antisemita (520). En todo caso, un tesoro perdido por la burocracia, llamáranse el Ministro de Educación Nacional Germán Arciniegas o el director de la Librería Nacional Enrique Uribe White. “Ni recibieron la donación de la Biblioteca Mendel por considerar inaceptables las condiciones puestas por el donante… que el fondo llevara su nombre y que se le permitiera ser curador ad honorem de la colección (509), según la versión de Mauricio Pombo y de Héctor Abad Faciolince” (510)

En todo caso, comenta el autor, “perdió más Colombia al perder la Biblioteca Mendel que al separarse de Panamá. Y desperdició, de esa inefable manera, tesoros como la Geografía de Ptolomeo en edición de 1511, lo que muestra de manera patente nuestro analfabetismo” (514).

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“El más grande episodio que ha vivido nuestro país de desdén político por la historia y de desprecio por los libros y las bibliotecas– recalca Badawi. Un desdén al que se suma la reciente adquisición, por la misma universidad Indiana, del archivo de García Márquez. Nadie dijo esta boca es mía.”

El autor, minucioso también en estas materias, le hace seguimiento a otros tesoros perdidos como la corona de Los Andes, de la Virgen de la Inmaculada Concepción de Popayán, exportada clandestinamente en los años 30. ¿Por qué, en cambio, tanta carreta mediática sobre el Galeón? – se pregunta uno ante esos desperdicios.

Finalmente, el mamotreto detalla la forma mercantil como se usa el arte. Cómo y por qué se creó el Museo Botero (537), ¿Con qué se justifica un aumento de 71.103% en el valor de la obra de Botero en 56 años? ¿Cuál es el “arte” preferido por los narcotraficantes? ¿Cómo se relacionan el arte moderno y contemporáneo con el dinero? Y más específicamente, ¿Cómo se relacionan los artistas y políticos latinoamericanos con el capital corporativo? Muchas preguntas, algunas de las cuales pueden relacionarse con el complejo de inferioridad de la Apenas – no Atenas-Sudamericana (229)

Este libro fundamental termina con una visión pesimista sobre los que llama nostálgicos y los especuladores. A pesar de sus diferencias, se oponen a la libertad y apoyan un arte acrítico. “Los nostálgicos abandonan la experimentación y renuncian al arte como laboratorio, faro, terapia.. y los especuladores… apoyan el arte como producto decorativo y se oponen a los quiebres sociales que genera el arte experimental o de vanguardia”, (647)

En resumidas cuentas, se trata de un excelente ejercicio práctico de de-construcción de la crítica. Menos mal que este buen y, para mí, desconocido autor, finaliza su mamotreto con un pronóstico alentador: “la crítica …ya no será una sola ni será un solo perfil o canal (653).

Espere la próxima semana la reseña del segundo mamotreto: los “Diálogos” de Hector Abad Faciolince.

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*Los números se refieren a la página en el libro.

1. Maria Teresa Herrán es una reconocida periodista, con maestría en Ciencias Políticas de la Universidad de Paris II; fue presidenta del Círculo de Periodistas de Bogotá y dirigió la Maestría de Periodismo de la Universidad Javeriana, así como el Programa de Comunicaciones de la Universidad Central. Dirigió la revista Alternativa en su segunda época y fue la primera mujer en dirigir un noticiero de televisión. Ha sido investigadora y publicado numerosos libros pero hoy en día, prefiere autodenominarse comentarista, abuela cibernauta, poeta y artista plástica. Publicó un libro de poemas y escribe un blog que se llama «Opinar es debatir sin pelear» https://mariatherran46.blogspot.com/ en donde comenta sobre temas de actualidad.

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